El amor en Miguel Hernández

Miguel Hernández, en el conocido retrato ralizado por Buero Vallejo días atrás a su muerte

Hasta el día de su fallecimiento, en 1986, Josefina Manresa (la viuda de Miguel Hernández) luchó contra todas las calumnias de biógrafos e investigadores interesados que únicamente pretendían el morbo y la controversia como fuente de dinero. Halagó, corrigió y calló según correspondía, a expensas del tiempo, ya tocase en los años finales del siglo XX o bien, cincuenta atrás, cuando los ejemplares del poeta quedaban apartados en las esquinas de alguna librería, sobre una vieja caja de cartón en la que colgaba la etiqueta de “obras republicanas”.

Pero toda defensa conlleva un peligro que debe eliminarse –los propios-, que la eterna compañera del poeta no pudo limar. Josefina Manresa siempre negó de forma explícita, la posibilidad de que otras mujeres hubieran sido motivo de sus versos o merecedoras de un espacio en la vida de su marido, Miguel Hernández.

Su primer y alocado amor de juventud brota cuando le delatan el temblor de sus manos y la rojez de sus pómulos, en su Orihuela natal, y contempla a aquella muchacha llamada Carmen Samper Reig, que le rechazó porque “tenía ojos de loco, como si quisieran salirse de sus órbitas”. Un tiempo después, se produce su marcha a la capital. Las epístolas iniciales a su llegada a Madrid van dirigidas a Josefina, hasta que la distancia se convierte en un muro infranqueable y el tiempo mata los recuerdos.

Entre las numerosas hipótesis de esta causa que sostienen los estudiosos, la más evidente: la pura y electrizante atracción entre el poeta y Maruja Mallo. Ella era una pintora de indudable valor, con prestigiosas colaboraciones en la Revista de Occidente, sus decoraciones para el teatro de Rafael Alberti o sus exposiciones en la ciudad de las luces. Él, un poeta que venía de la naturaleza cargado de versos. Porque la poesía es siempre un acto de amor como de liberación, ya que nada nos libera tanto como amar.

Gracias a las reconstrucciones que nos sirven otros intelectuales de la época, conocemos sus escarceos bajo los puentes, sus salidas por las afueras de Madrid y sus noches recostados en los trigales, contando juntos las estrellas. Tras el rechazo de la pintora gallega, Miguel se sumergió en los amores efímeros de María Zambrano y María Cegarra. Y es que Miguel Hernández era creyente. Y creyó siempre en lo mismo, en el rayo que no cesa y en el amor que no acaba.

Author: JuanjoPaya

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1 Comment

  1. Realmente no sabía nada de eso… Soy super fanática de Miguel Hernández. Claro he leido muy poco de su vida. Sin duda un gran poeta, con gran capacidad de amar. Sin duda “El rayo que no cesa” es de mis libros favoritos… El soneto 20… “No me conformo, no: me desespero
    como si fuera un huracán de lava “
    Bueno.. ya me fui por otro rumbo. Saludos.

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