Sexo y erotismo en Azorín

El ilicitano Jordi Bermejo, autor de una tesis doctoral sobre los personajes femeninos en las novelas del escritor alicantino, desmiente que el legado azoriniano sea uno de los más castos de toda la literatura española en el tratamiento de la mujer. (FOTO: ANTONIO AMORÓS) 

Publicado en Información, el 2 de febrero de 2014

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Jordi Bermejo tesis sobre Azorin,ELCHE.Foto:Antonio Amorós.

Ante las versiones costumbristas que catalogaban los personajes femeninos de Azorín como «asexuales, discretas y románticas»; o contra quienes defendían la postura de si Azorín padecía un complejo de Edipo no superado (de ahí su supuesta «incapacidad de integración copular», el apego a su madre y la inspiración de las mujeres en su literatura), el ilicitano Jordi Bermejo, autor de una tesis doctoral presentada recientemente en la Universidad de Alicante y bajo la coordinación del catedrático Miguel Ángel Lozano, sentencia: «En Azorín, dista mucho de ser casto el tratamiento de la mujer, el amor y el matrimonio», y añade: «Una vez nos sumergimos en el mar de la novela azoriniana, es imposible admitir que sus personajes femeninos respondan a un catálogo fijo y especialmente a un único tipo idealizado, asexuado y de alusiones maternales. Dar por sentada esta cuestión implicaría obviar toda la evolución estética de su novela».

Bermejo, que ha dedicado los últimos cinco años de su vida al estudio y análisis de los personajes femeninos en las novelas de Azorín (un trabajo encomiable si atendemos al amplísimo legado azoriniano), recuerda los comentarios de Pérez de Ayala a propósito de las novelas Don Juan y Doña Inés del periodista de Monóvar, cuando afirmaba que eran «sutiles, penetrantes, auténticas y genuinamente eróticas». Un erotismo no basado en aventuras y enredos pero en el que «se siente continua e intensamente “la pura emoción del amor” y Eros, el amor mismo, es el absoluto protagonista». «Pérez de Ayala captó el espíritu de la nueva novela que pretendía Azorín, y cómo la evocación y el lirismo emanados de ella contagian el tratamiento de lo erótico, lo amoroso y la mujer», afirma.

Lo cierto es que si el lector atiende a la etapa anarquista de Azorín, cuando en muchos de sus primeros artículos defiende abiertamente el divorcio, las ventajas del amor libre o la independencia de la mujer, las visiones «estigmatizadas» de su literatura (del amor, el sexo o el erotismo) caen por su propio peso. Entre otras cosas porque conceptos como lo erótico y lo pornográfico, como entidades culturales, cambian y permutan a través del tiempo, de tal modo que el público hoy «encontraría bastante ingenuas obras que a finales del siglo XIX, por ejemplo, se calificaban de eróticas y pornográficas».

Por ello, ante la cuestión de si Azorín deparó una de las literaturas más castas de las letras españolas, Jordi Bermejo se muestra tajante: «No estoy de acuerdo con afirmaciones de este tipo, las cuales han surgido a partir de trabajos centrados exclusivamente en aspectos biográficos o, incluso, pretendidamente psicoanalíticos, como el supuesto complejo de Edipo. Porque cuando prescindimos de estas ideas preconcebidas y nos acercamos a su obra y en concreto a la novela comprobamos que no es así», y agrega: «Desde luego, no creo que Azorín sea más casto que Miguel de Unamuno o Pío Baroja. Esta cuestión ya la abordó en 1959 Segundo Serrano Poncela en un artículo titulado Eros y tres misóginos en el que estudiaba el componente erótico en estos tres autores. Para Serrano Poncela, no es que la mujer y el amor quedaran fuera de su órbita literaria, sino que eran “problemas de segundo grado”;  simples complementos para otras incursiones reflexivas».

De cualquier modo, es indudable la presencia de lo femenino en el legado azoriniano, y una prueba clara de ello son las tres novelas que se construyen bajo el protagonismo absoluto de una mujer: Doña Inés (1925), María Fontán (1944) y Salvadora de Olbena (1944). «A mí lo que me interesaba era estudiar las mujeres entendiéndolas en todo momento como personajes literarios y atendiendo a la evolución del discurso novelístico de Azorín. Un discurso que está marcado por la intención de crear una novela en incesable proceso de mutación y experimentación. Según mi punto de vista, sus mujeres son un reflejo claro de dicha evolución novelística. Sus mujeres son una prueba fidedigna del inagotable proceso de regeneración y cambio que experimenta su novela a lo largo de más de cuatro décadas», apunta Bermejo.

Doña Julia, la mujer de Azorín, la compañera, confidente y esposa que acompañó al escritor en casi toda su carrera literaria, también ocupa un espacio importante entre los personajes femeninos de su trayectoria literaria, en los habituales paralelismos de vida y obra de los escritores:

«En El escritor y El enfermo, los dos personajes femeninos que adquieren un verdadero desarrollo son las respectivas esposas de los escritores protagonistas: Magdalena y Enriqueta. A través de dichas mujeres, Azorín describe un matrimonio equilibrado y sereno en el que hombre y mujer se complementan y el artista halla así consuelo y estímulo en su creación literaria; una visión que no concuerda desde luego con la interpretación “negativa” del matrimonio que se aprecia en sus primeras novelas, como sucedería en el caso de Iluminada en La voluntad. Pero volviendo a Magdalena y Enriqueta, las cuales representan dos etapas vitales distintas (juventud y vejez), Azorín rinde a través de ellas un sentido homenaje a su compañera Julia Guinda, quien durante tantos años había alentado y cuidado su carrera literaria».

La sexualidad, el erotismo o el amor en Azorín (como en otros escritores) siempre han despertado la curiosidad de lectores, académicos y estudiosos. Sobre el periodista alicantino, en estos casos viene a la mente la visita de Mario Vargas Llosa a Monóvar, en 1993 y en su casa-museo, cuando el premio Nobel de Literatura escudriñaba libros entre los miles de ejemplares de su biblioteca. Hacía un calor sofocante, y aunque sus acompañantes (biógrafos incluidos) parecían caer desfallecidos, Vargas Llosa tomaba notas y solicitaba libros y más libros. Si por el peruano fuera, hubiera solicitado hasta sus huesos para coleccionarlos. Porque lo suyo era puro y sencillo fetichismo literario. Pero allí, decíamos, plantado ante todos, Vargas Llosa soltó la pregunta bomba ante personal y especialistas: «¿Pero por qué Azorín no tuvo hijos?». Y solo algunos opinaron.

Author: JuanjoPaya

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