Azorín, males y desengaños del oficio periodístico

Junto a su vocación de crítico literario y escritor, Azorín fue por encima de todo periodista. De hecho, su primera producción literaria hasta el fin de siglo, que ocupa de La crítica literaria en España (1893) hasta La sociología criminal (1899), el oficio periodístico no es solo una mención sino una constante en su obra. 

Publicado en el Anuario de la Asociación de la Prensa de Alicante 2014

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El alicantino José Martínez Ruiz es, por aquel entonces, un joven periodista de provincias inquieto y revolucionario que ataca sin ambages a la clase política y religiosa. Una connotación política con tintes anarquistas que, en cambio, no le impide en absoluto alejarse de una actitud crítica e independiente con casi todo lo que le rodea, incluido su oficio periodístico, en un redactor que resulta ser además extremadamente culto.

Azorín (que no firmaba aún como tal, puesto que el estreno de su pseudónimo se produce en 1904, con el diario España de Manuel Troyano) siempre vio en el periodismo una herramienta fundamental para comprender la sociedad de su tiempo, como Larra radiografió la suya a través de sus satíricas columnas. Y, desde sus más tempranas páginas, denunció en voz alta los escasos movimientos y privilegios de los que goza el periodista, así como el estado de una profesión de la que se malvive y el contenido de unos periódicos descaradamente partidistas y volcados casi en exclusividad a la actividad política:

“En Rusia no tendrá el ciudadano la libertad a que como hombre tiene derecho, pero no le hacen creer que la disfruta. En España nos persuaden a que tenemos tantos y tales derechos, pero los violan los gobiernos cuando les place. La libertad de la Prensa, la de espectáculos, la de cultos, son la letra muerta para nosotros”, escribe en Buscapiés (1894), y agrega: “Es usted periodista y se le ocurre un día decir la verdad, cumpliendo así el primer deber del periodismo, pues le encarcelarán a usted junto a los criminales más soeces, y perseguirán sable en mano a los infelices vendedores de periódico”.

En Anarquistas literarios (1895), Martínez Ruiz indica la necesidad de publicar periódicos imparciales que no solo atiendan a los apasionamientos políticos, lo que se entiende como una crítica a una época en que las hojas volanderas nacían casi al tiempo que morían, después de cumplir su única función de apoyar a uno u otro partido aspirante al Gobierno.

“Hay periódicos (en España) que pueden figurar muy bien al lado de los buenos del extranjero, y otros que acusan una frivolidad y una mala fe excesivas”, señala Azorín, buen conocedor de la prensa internacional (y sobre todo, de la francesa), quien añade: “Algunos hay que más que periódicos serios, desapasionados, científicos, parecen hojas inconscientes de gacetillas y rumores. La actualidad, una actualidad chillona y perniciosa, lo llena todo”.

Crónicas parlamentarias que no merecen crónica; reseñas interminables de crímenes y procesos; articulistas con juicios calcados en un patrón convencional, sin novedades ni aportaciones que valgan; y diarios monopolizados por la política, que no incluyen los grandes escritores, las novedades editoriales ni el panorama cultural y europeo, centran las críticas de un Azorín desengañado con el oficio, que sufrirá todavía más estas consecuencias cuando dé el salto a Madrid, la capital, en su trabajo en las redacciones de los periódicos.

Martínez Ruiz detalla su travesía y nuevo curso en el periodismo madrileño en Charivari (1897), abarcando desde su ingreso en El País, de Alejandro Lerroux, hasta su despido debido a la “independencia de su pluma” y a la agresividad y radicalidad de sus artículos contra la iglesia, la sociedad política y cultural (la compañía teatral de Antonio Vico fue a buscarle para propinarle una paliza) y su defensa del amor libre.

El libro, una especie de diario personal que la crítica especializada ha valorado como un ajuste de cuentas del periodista monovero, hay que entenderlo además como una continuación del desencanto periodístico que viene sufriendo Azorín desde largo tiempo, casi desde sus inicios literarios, cuando se encuentra con una prensa que no está acorde con su pensamiento.

De este modo, José Martínez Ruiz vierte sobre El País y sus compañeros toda clase de vituperios, propios de su malestar con el oficio y la dudosa capacidad de sus profesionales. Así, no entiende que el diario acepte cartas de los lectores “sin ortografía ni sintaxis”; reprueba las carencias formativas del crítico del periódico, Pereira, como la del periodista Ricardo Fuente; informa sobre la omisión y no publicación de un artículo-cuento, por lo que deja en el aire la terrible mano de la censura; y sigue recriminando la pereza y holgazanería que reina en algunos redactores; la lentitud pasmosa para elaborar una noticia en otros; y la falta de ideas “en el estilo pedestre y campanudo de los periódicos republicanos”.

Es más, Azorín menciona sin tapujos el trato que ciertos medios dispensan a colaboradores como Fray Candil, cuando La Correspondencia de España se opone a su opinión en determinados escritos: “Pues bien, otros, por el nombre y por… el pan, se hubieran plegado a ciertas exigencias y hubieran escrito a gusto de los patronos. Fray Candil, no”, aclara Azorín.

Respeto a las penurias del oficio, que Azorín reconstruye con retratos de compañeros que adolecen de las cargas familiares con sueldos ruinosos y jornadas laborales desproporcionadas, el periodista alicantino hace especial hincapié en el asunto cuando en Bohemia (1897) narra sus mismas vicisitudes ya que las ganancias del periodismo apenas le alcanzan para pagar la pensión y el sustento (solo se alimenta de pan, lo que origina algún leve desmayo).

Además, en el relato El amigo, refleja un episodio que no sabemos si cuenta con retazos autobiográficos aunque la sospecha es más que evidente por las coincidencias: en él, un joven redactor de provincias que trabaja en un periódico de la capital, se deja encandilar por un amigo (que hace de mediador) para publicar en una revista conocida, El arte. Éste le insiste en la importancia de firmar, aunque de momento no reciba ningún dinero a cambio. Pero pronto se descubre el pastel cuando el joven periodista de provincias acude en persona a la dirección de El arte, y allí le extienden un billete: “25 pesetas, lo mismo que todos”.

Estos recuadros literarios siguen su curso ante próximas publicaciones. Así, en Soledades (1898), desmenuza la decadencia en la que se hunde el periodismo, cuando un muchacho busca empleo y se presenta a una entrevista de trabajo. Y concluye el examinador tras el interrogatorio: “Pues entonces, querido joven, si no tiene usted vergüenza, ni dignidad, ni sinceridad, ni conoce una jota de literatura, ni de arte, entonces… ¡hágase usted periodista!”.

Los  males y desengaños del oficio periodístico vistos por Azorín a finales del XIX no son una muestra representativa de su labor en los periódicos, sino un ejemplo de preocupación y obsesión por un trabajo que amó e hizo suyo desde la adolescencia hasta su muerte. De hecho, solo en la franja temporal de sus primeros libros hasta inicios del siglo XX, es posible conocer con Azorín a algunas de las firmas más significativas de la época que en la actualidad pasan totalmente desapercibidas para nosotros como Antonio Sánchez Pérez, Adolfo Suárez Figueroa, González Serrano y José Nakens, junto a otras figuras más relevantes como Ortega Munilla o Luis Bonafoux.

De cualquier modo, pese a las nuevas tecnologías, pese a la democracia y pese a todo lo demás, resulta sorprendente comprobar lo poco que hemos cambiado. Porque lo cierto es que han pasado más de 100 años y muchos de los juicios y análisis efectuados por Azorín parecen estar ocurriendo hoy.

 

Author: JuanjoPaya

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