Artículos sobre el perfil periodístico y literario de Azorín.
Julio Llamazares, tras la pista de Azorín
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Julio Llamazares, tras la pista de Azorín

Julio Llamazares publica El viaje de Don Quijote donde recrea, al igual que hiciera el periodista alicantino en 1905, las andanzas del eterno personaje de Cervantes

Publicado en Información el 17 de octubre del 2016

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En 1905, cuando se cumplía el tercer centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, el periodista Ortega Munilla, padre del filósofo Ortega y Gasset y a la sazón director del periódico El Imparcial, encargó a Azorín una serie de artículos y reportajes por tierras manchegas donde persiguiera la estela del eterno personaje de Cervantes. Tras sugerirle el itinerario a seguir, abrió un cajón, sacó un revólver y lo puso en manos del periodista: «No lo extrañe usted, no sabemos lo que puede pasar. Va usted a viajar solo por campos y montañas. Y ahí tiene usted ese chisme, por lo que pueda tronar». Aquellas quince crónicas que redactó el periodista alicantino se recogerían después en un breve libro, La ruta de Don Quijote, que es ya un clásico de la literatura viajera del siglo XX. Un clásico que inspiró a Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura en el 2010, cuando leyó su discurso de ingreso en la Real Academia Española: «Es uno de los más hechiceros libros que he leído. Aunque hubiera sido el único que escribió, él solo bastaría para hacer de Azorín uno de los más elegantes artesanos de nuestra lengua».

En el 2015, dentro del cuatricentenario de la segunda parte de la novela cervantina más conocida de todos los tiempos, Julio Llamazares emprendió el mismo camino que Azorín cuando Juan Cruz, de El País, le hiciera una propuesta idéntica deparando así unos escritos que ahora, aprisionados en una exquisita edición, ven la luz bajo el título El viaje de Don Quijote (Alfaguara, 2016).

Se trata pues, El viaje de Don Quijote, de un libro que rastrea la senda quijotesca de Azorín (de hecho, arranca con el capítulo «La partida», de igual modo que el periodista alicantino titulara el suyo), donde las reminiscencias y diferencias nos asaltan. Por eso, si Azorín marchó en tren desde Madrid hasta Argamasilla del Alba, prosiguiendo su recorrido en un carro acompañado por un lugareño, Llamazares lo hace en coche retratando un paisaje y pueblo que ha transmutado, y donde los japoneses se toman fotos en la venta de Don Quijote perplejos como si las posaderas del mismísimo caballero e hidalgo hubieran descansado allí. De este modo, ante una representación que para Azorín sobrepasaría toda ciencia ficción, Llamazares transita por su parte en un mundo cambiante con un Quijote que aparece y desaparece por casi cualquier parte cuando… ¿acaso Don Quijote no fue fruto de la invención de Cervantes?

Tras la pista de Azorín, puesto que el autor de La voluntad se sirvió de la entrevista, la observación y el testimonio para reflejar los pueblos de la Mancha sumidos en la melancolía y las preocupaciones, (discusiones incluidas sobre el legado de Cervantes), Llamazares se mueve por estos mismos parajes donde todo acaba transformado en una especie de mercado del ocio y del entretenimiento en los rincones de Alcázar de San Juan, Puerto Lápice, Campos de Criptana o El Toboso.

«Todos los pueblos presumen hoy, o bien de ser el lugar del que Cervantes no quiso acordarse y en el que viviera aquél, o bien de haber sido el escenario de alguna o varias de sus aventuras, tengan o no base real para ello. En su libro, Cervantes solo cita una docena escasa de lugares, siempre con poca precisión, pese a lo cual son cientos los sitios que se consideran descritos en él y se atribuyen un protagonismo que a veces raya con lo quimérico. Otros, como Puerto Lápice, que sí aparece citado y hasta en tres ocasiones expresamente en el libro, han convertido esa deferencia en su principal activo turístico, pero a base de volverse decorados quijotescos, parques temáticos para contemplación de unos forasteros que los visitan como si fueran pequeñas Disneylandias», escribe Llamazares.

«Hasta Ruidera, la carretera se convierte ya en un camino de monte, rodeado por doquier de lentiscos y carrascas. Pronto aparece, sin embargo, a la derecha de la carretera, la primera de las lagunas que el Guadiana ha formado en su descenso y que le han dado fama al pueblo. Éste aparece también al cabo de unos kilómetros, escondido entre dos montes como un refugio de bandoleros. Quizá fue en él en el que pensó José Ortega Munilla cuando le entregó a Azorín el revólver. Pero no se necesita. Los vecinos de la Ruidera de hoy son gente abierta y hospitalaria y, como viven, además, del turismo, acogen al forastero como se debe, esto es, con restaurantes y hoteles por todas partes».

Unas veces Llamazares nos conduce por los puntos que transitó y frecuentó Azorín (como la posada de la Xantipa, hoy desaparecida); y otras, nos sumerge en la maravilla de una obra que se recrea una y otra vez sobre el clásico en su eterna vigencia.

«¿De dónde viene el error que todo el mundo repite -incluso algunos se empeñan en sostener- de decir “con la iglesia hemos topado” en lugar de “con la iglesia hemos dado”, que fue lo que le dijo don Quijote a Sancho Panza al descubrir en la oscuridad de la noche “el bulto” de la de El Toboso? La pregunta me la hago parado enfrente de ella tras llegar a la aldea en plena hora de la siesta después de recorrer los ocho kilómetros que separan Criptana de El Toboso por la misma carreterita que recorriera Azorín y posiblemente también, y más de una vez, Cervantes en sus andanzas de recaudador de impuestos; una carreterita recta en cuyo final de pronto aparece, al coronar una cuestecilla, el capitel puntiagudo de la iglesia (y sólo él durante bastante rato) frente a la que don Quijote pronunció su frase más repetida y, a la vez, más tergiversada: “Con la iglesia hemos dado, Sancho”».

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Traductores de todo el mundo analizan la obra de Gabriel Miró y Azorín
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Traductores de todo el mundo analizan la obra de Gabriel Miró y Azorín

El libro, editado por la Universidad de Alicante y coordinado por el profesor Fernando Navarro Domínguez, aborda las versiones en inglés, ruso, alemán, francés, checo, holandés o rumano de los escritores alicantinos.

Publicado en Información el 4 de abril del 2016

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9788497174107Azorín y Miró en traducción, dirigida y coordinada por el profesor Fernando Navarro, es un libro editado por la Universidad de Alicante que recoge hasta veinte artículos de crítica literaria y traducción que combina (y aquí radica uno de sus rasgos primordiales) profesores de universidades españolas –Alicante, Complutense de Madrid, Valencia, Málaga- junto a otros profesores europeos –París, Praga o Innsbruck- cuya lengua materna es la lengua a la que se ha traducido la obra: inglés, francés, alemán, checo, ruso, neerlandés y rumano. Una diversidad de nacionalidades de autores y enfoques metodológicos que es, por tanto, una de las características más sobresalientes del libro.

La obra del Servicio de Publicaciones de la UA aborda también cuatro artículos de los mismos traductores cuyas obras se valoran en este volumen. Se trata de profesionales de la traducción de Estados Unidos (W. Borenstein), Filipinas (M. J. Sales), Francia (Ch. Manso) y Rumanía (D. Lincu). Una experiencia y testimonio personal de estos expertos literarios que contribuye a ampliar todavía más el campo de visión respecto a las traducciones internacionales sobre los escritores alicantinos Gabriel Miró y Azorín.

«Desgraciadamente no es práctica corriente pedir la opinión del traductor, si vive, en las contribuciones de crítica de traducciones. Sin embargo, en mi opinión, es muy importante», afirma Fernando Navarro, profesor de la UA y coordinador del volumen, quien añade que «hay obras (de Gabriel Miró y Azorín) que tuvieron más éxito que otras en traducción y nuestros escritores fueron conocidos por alguna de sus obras y no por otras en varios países europeos. El hecho que unas obras hayan sido más traducidas que otras nos permite ofrecer en este trabajo varias contribuciones sobre una misma obra.

Así, por ejemplo, La ruta de Don Quijote de Azorín es comentada en tres lenguas: francés, neerlandés y ruso, y en francés en dos traducciones diferentes. Lo mismo sucede con Las cerezas del cementerio (francés y rumano), El obispo leproso (inglés y francés) o Las Figuras de la Pasión de Nuestro Señor (inglés y checo). También es un hecho conocido que las obras de Azorín han sido más traducidas que las obras de Miró».

La introducción, además, está realizada por Miguel Ángel Lozano, catedrático de Literatura española de la UA, y quien más conoce y sabe sobre los legados literarios de Gabriel Miró y Azorín. En este estudio inicial, que viene a ser una presentación sobre ambos escritores, y su huella permanente en la literatura, nos quedamos con sus últimas palabras cuando dice: «Azorín tiende a lo escueto, a lo desornamentado, buscando una perfección casi ascética en el desasimiento; Miró construye una prosa carnal, plena de sensualidad, más en consonancia con nuestros sentidos y nuestras pasiones. Ambos vienen a ser figuras centrales en una época literaria que hemos de seguir repensando y a la que conviene, más que ningún otro, el nombre de Modernismo».

Además, el libro dirigido por Fernando Ramos se nutre de las traducciones de Azorín que se conservan en su Casa Museo de Monóvar (desde que, en 1989, la Fundación Caja Mediterráneo adquiriera los derechos de autor e imagen del escritor monovero), en un artículo realizado por José Payá Bernabé y el profesor Iván Martínez Blasco; por otra parte, respecto a Miró, el mismo escrito corre a cargo de Yolanda de San Rafael Sánchez Mateo, directora de la Biblioteca Gabriel Miró de la Fundación Caja Mediterráneo.

Azorín y Miró en traducción hace además justicia respecto a aquellas traducciones que no se ajustaban a la calidad de la prosa de los escritores alicantinos, y hace un amplio repaso por cuantas traducciones existen hasta hoy sobre el autor de La voluntad y El obispo leproso, como en japonés, sueco, italiano, noruego, serbio o chino mandarín.

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Azorín y Cervantes, juntos en 2016
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Azorín y Cervantes, juntos en 2016

El dramaturgo Eduardo Vasco adapta al teatro la obra La ruta de Don Quijote, recorrido periodístico del escritor alicantino

Publicado en Información el 6 de enero del 2016

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Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura en el 2010, dijo en su discurso de ingreso a la RAE sobre La ruta de Don Quijote de Azorín: «Es uno de los más hechiceros libros que he leído. Aunque hubiera sido el único que escribió, él sólo bastaría para hacer de Azorín uno de los más elegantes artesanos de nuestra lengua».

La ruta de Don Quijote son las crónicas de viaje del escritor alicantino cuando en 1905 recurre a la entrevista, la observación y al testimonio para recabar qué idea se tenía del Quijote y Cervantes en los mismos parajes donde transcurre la obra universal. Un recorrido periodístico no exento de humor y originalidad, de estética innovadora, en el que nadie se atreve a negar la existencia de Don Quijote (¿acaso no fue una invención de Cervantes?).

Precisamente la llegada del cuarto centenario de la muerte de Cervantes (1616-2016), y cómo Azorín nos acerca a los clásicos, han sido algunos de los estímulos que han llevado al dramaturgo Eduardo Vasco -exdirector de la Compañía Nacional de Teatro Clásico- a adaptar al teatro La ruta de Don Quijote. Un estreno que está previsto para el mes de abril, y que recorrerá toda España después de cerrarse el acuerdo de la cesión de los derechos del escritor alicantino y que gestiona la Fundación CAM.

«La ruta de Don Quijote es un libro que siempre he tenido de cabecera, y que considero fundamental para reivindicar a un escritor como Azorín, que inexplicablemente ha desaparecido», señala Vasco, quien agrega que «en la compañía, teníamos muy claro que queríamos hacer algo de Cervantes aunque sin caer en lo de todo el mundo. Y, por todo ello, La ruta de Don Quijote cumple lo que estábamos buscando: realizar una visión de El Quijote desde un punto de vista alejado, con una perspectiva histórica pero también poética».

«Azorín nos ofrece en el libro un castellano preciso. Porque ahora cuando hablamos lo hacemos de una manera muy genérica, nada que ver con Azorín, que es un conocedor de El Quijote y nos quiere acercar a él por medio de las sensaciones y sin erudición alguna. Es un libro que tiene mucho de espiritual en contacto con las tierras manchegas en un tiempo que conecta directamente con los intelectuales de la Generación del 98», apunta.

«Mi deseo -señala respecto a la representación de la obra en la provincia- es que el teatro tenga una conexión directa con Alicante», comenta Vasco, en una representación también con notas didácticas: «Queremos conducir al espectador al Quijote, a la literatura, y a los libros. Aproximarnos a la literatura por medio de un libro de referencia».

«Lo que consigue La ruta de Don Quijote es revitalizar nuestras letras, y en el caso de El Quijote, huye de los tópicos. A mí me gusta cómo Azorín nos deja la puerta abierta, lanzándonos nuevas preguntas, otras afirmaciones…», detalla.

Eduardo Vasco asegura que en la versión teatral de La ruta de Don Quijote Azorín cobrará vida y, con él, la pasión con los libros y algunas de las descripciones más bellas que se han publicado en la prensa española.

Pistola en mano en su viaje por La Mancha

En 1905, con motivo del III centenario de nuestra obra más universal, Don Quijote de la Mancha, el director del diario El Imparcial y padre de nuestro filósofo más influyente, José Ortega Munilla, encargó al escritor de Monóvar, Azorín, una serie de escritos y le dio instrucciones sobre el viaje que tendría que emprender por tierras manchegas. Tras sugerirle el itinerario a seguir, abrió un cajón, sacó un revólver y lo puso en manos del reportero: «No lo extrañe usted, no sabemos lo que puede pasar. Va usted a viajar solo por campos y montañas. Y ahí tiene usted ese chisme, por lo que pueda tronar». La recomendación de portar pistola en mano va más allá de la mera anécdota. Por entonces, bandoleros y maleantes ocupaban aquellos caminos de La Mancha, apartados de las grandes ciudades y las conexiones con ferrocarril, en los que Azorín viajaba solo y en carro. Argamasilla del Alba, Puertolápice, Campos de Criptana o El Toboso son algunos de los puntos quijotescos en los que Azorín trabajó sus crónicas.

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Azorín sobre el Google Maps
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Azorín sobre el Google Maps

El ilicitano Abel Bri reconstruye y sitúa los viajes del escritor alicantino por todo el mundo con la conocida aplicación de internet en una investigación que abarca su producción de artículos en la prensa. La tesis doctoral se presentó en la Universidad de Alicante. 

Publicado en Información el 26 de octubre del 2015

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La producción periodística de Azorín es prácticamente inabarcable. Son más de 5.000 escritos desperdigados en prensa nacional e internacional con los que el reportero de Monóvar no solo informa sino que nos desvela su particular visión del mundo.

Entre toda esta vasta obra dedicada al articulismo (Azorín innovador, renovador, original, con la capacidad de sorprender siempre al lector) se encuentra su literatura de viajes, de sobra conocida, pero que hasta ahora nadie había sido capaz de reconstruir y rastrear debido a la hercúlea tarea de poner orden en todo este gigantesco legado cultural.

De ahí la importancia de la tesis doctoral del profesor ilicitano Abel Bri, recientemente presentada por la Universidad de Alicante y bajo la dirección del catedrático Miguel Ángel Lozano, quien ha fijado sobre el mapa (ayuda de Google Maps de por medio) las expediciones llevadas a cabo por el periodista alicantino en un largo itinerario que nos lleva a pueblos y ciudades de Asturias, Cataluña, Cantabria, País Vasco, Galicia, Andalucía, Comunidad Valenciana, Islas Baleares y toda Castilla (León y la Mancha) indicando, en cada punto, fecha y medio en que Azorín publicó el mencionado artículo.

Abel Bri, docente en el IES La Encantá de Rojales, también se ha encargado de reseñar sus salidas a París y Londres entre crónicas en las que cabe destacar cómo Azorín incluye términos en inglés o francés tratando de aprisionar la realidad de su alrededor, y del mismo modo ocurre en sus excursiones por España cuando cita a transeúntes que se dirigen a él en euskera, valenciano o gallego.

«Una de las facetas que me maravilló de este Azorín viajero fue cómo cita de memoria. Es una enciclopedia. Se encuentra en un sitio y, de pronto, comienza a decirte quién ha estado ahí, qué autores, qué libros… Aunque en ocasiones falle, y a mí me ha costado mucho encontrar algunos errores, como cuando cita un libro de Rubén Darío», señala Abel Bri, quien recalca que la literatura de viajes de Azorín posee tanta calidad como cualquiera de sus libros más conocidos. «Su obra periodística de viajes está al mismo nivel que libros como La voluntad o Castilla. De hecho, toda su obra literaria está también en estos artículos: estilo, estética, léxico, referencias, paisajismo, pensamiento, los clásicos…»

Fue Azorín un reportero trotamundos, un viajero pionero, que encierra además en sus artículos un pedazo de nuestra historia. También se entrevistó el periodista alicantino en sus desplazamientos con los intelectuales más preciados (Rubén Darío, Galdós, Pereda) y hasta nos adentró en las bibliotecas de aquellos escritores que le catapultaron al prestigio y la fama (su visita a la casa de Clarín, a sus libros, es un ejemplo bellísimo de cómo lo accesorio prevalece sobre lo primario. Puro sello azoriniano).

«Azorín no se alejó jamás de la prensa por varias circunstancias. Una, el sustento económico y las escasas ventas de los libros entonces; dos, su periodismo está unido también a cuentos por entregas; tres, escribe el artículo con el libro en mente. Sabía que el libro era su medio para combatir la efímera vida de los periódicos», agrega Abel Bri, quien se ha servido principalmente de la fuentes bibliográficas disponibles en la Casa Museo Azorín de Monóvar de la Fundación CAM, y de la referencia absoluta para cualquier investigador azoriniano con la guía de E. Inman Fox.

«También he insertado en la tesis aquellos artículos que no son de viaje sino evocaciones. Son los viajes imaginados, como cuando Azorín nos cuenta que sube en avión. Eso no fue verdad, y él nos dice que fue como un sueño… Es fácil detectar estas cosas ya que, en otras, cuando va en barco, nos sirve todo tipo de detalles», explica el investigador ilicitano.

También alude Abel Bri a las contradicciones de Azorín (¿y qué intelectual no las tuvo?), especialmente cuando el periodista se deja atraer por las mieles del poder y acepta ingresar en el partido conservador de Maura.

El trotamundos que exigía jabón en los hoteles

Resulta interesante ver el poder y la influencia de Azorín en la época. «Por ejemplo, él siempre criticaba que en los hoteles españoles no había jabón. Y esto trasciende de tal forma que, en su viaje a Mallorca, cuando va a visitar a Maura, le recibe el director del hotel en el que se alojaba y lo primero que le suelta es que en su hotel sí hay jabón. Es solo una anécdota, pero nos sirve para comprobar la influencia del crítico de viajes en que se había convertido Azorín. Los directores de hoteles le temían», apunta Bri.

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Azorín, disponible ahora en chino
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Azorín, disponible ahora en chino

La editorial asiática Joint Publishing, una de las más importantes del país, traduce por primera vez al mandarín distintos pasajes de la obra del escritor y periodista alicantino como Los pueblos o Una hora de España.

Publicado en Información el domingo 22 de marzo del 2015

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A un escritor se le renueva y revaloriza por sus nuevas ediciones, estudios críticos y, cómo no, por sus traducciones. Unas premisas que, si atendemos en el caso de Azorín, el escritor y periodista de Monóvar, se cumplen a todas luces.

Tanto es así que, hace apenas unas semanas, la editorial asiática Joint Publishing Company, una de las más importantes del imperio cultural chino, ha publicado una obra con distintos pasajes del legado literario de José Martínez Ruiz como Los pueblos (1905), España. Hombres y paisajes (1909) y Una hora de España (1924) traducidos por vez primera al mandarín.

El libro, que encierra además una cuidada y limpia maquetación, con interesantes ilustraciones en su interior, contiene también diversas ponencias del III congreso internacional celebrado en Pau, Azorín (1904-1924), encaminadas a acercar el perfil periodístico y literario del alicantino a la comunidad china.

La noticia, que se confirmó los días previos a la entrega del Premio de Novela Azorín 2015, se puso en conocimiento de diversos agentes de Planeta que, viéndose asombrados, aseguraron estudiar el caso ante el potencial de un mercado que no se le escapa a nadie, con millones y millones de lectores como el que puede generar China.

Joint Publishing Company, la editorial responsable de la traducción, es una cadena de libros y editora de Hong Kong fundada en 1948. Y es, de este modo, una de las principales tiendas de China, con sedes también en Pekín, Shanghai y con presencia incluida, por paradójico que pueda parecer, en Estados Unidos: concretamente en Toronto, Vancouver, Nueva York, Los Ángeles y San Francisco.

Las negociaciones de Joint Publishing Company con la Fundación Caja Mediterráneo, poseedora de los derechos del escritor y periodista alicantino, se remontan al 2013.

Respecto a las obras seleccionadas para la traducción al mandarín, es especialmente idónea la opción de Los pueblos (1905), con el que Martínez Ruiz se muda la piel y pasa a firmar sus escritos como Azorín, dejando atrás la redacción rápida y anarquista de su primer periodismo, desordenado y voraz, inclinándose ahora por la meditación, la transmisión de sensaciones y un mundo que, para él, se presenta nuevo.

El profesor Miguel Ángel Lozano, de la Universidad de Alicante, lo explica así en Anales Azorinianos 3: «Azorín da forma precisa a su mundo por medio de la palabra, y la dota de la condición de los sueños (…). Azorín va dando forma sobre el papel, con claridad, aquello que va extrayendo de sus evocaciones, en actitud ensimismada: evocaciones de lecturas, y evocaciones de recuerdos vividos, pero recuerdos de sensaciones que hayan impresionado su sensibilidad. Y en este sentido, funde sus propias vivencias, sus sentimientos recordados -y esto es, pasados de nuevo por el corazón- con sus lecturas, recordadas también, y también sentidas. (…) Es indesligable en Azorín la literatura de la vida».

Cabe recordar, en este aspecto, que el legado azoriniano ya está disponible en idiomas como el alemán, italiano, francés, holandés, japonés, griego o serbio, e incluso se ha intensificado su traducción en estos últimos años, debido a su interés, al valenciano.

En cualquier caso, Azorín, autor de un tremendo bagaje cultural que ya aflora en su primer libro (La crítica literaria en España) cuando no era más que un joven aspirante a periodista y escritor, también mostró un vivo interés por otras obras en el extranjero. De hecho, con apenas 20 años, tradujo del francés a A. Hamon con De la patria; a Kropotkin, con Las prisiones; y a La intrusa, de Maeterlinck, en un claro acercamiento a su simbolismo. También, en los años de 1928 y 1930, se interesó por el teatro de vanguardia europeo.

Nueva edición
Decíamos líneas atrás de la importancia de la salida de una nueva edición, como la reciente recopilación de relatos anarquistas «El modorro» y otros cuentos libertarios (Rasmia editorial), con piezas que van de Pi i Margall, Blasco Ibáñez, Joaquín Dicenta y Teresa Claramunt a Azorín.

En el caso del escritor y periodista monovero, la obra recoge el artículo-cuento titulado «El Cristo nuevo», del periódico El Porvenir del Obrero (1902), que corresponde al que algunos expertos tildan como el «preAzorín», es decir, el joven José Martínez Ruiz con ideas anarquistas que también destructoras, quien define al matrimonio como una condición inmoral que priva a la mujer de su libertad.

El arranque del relato, que no tiene desperdicio, dice así:

«El Cristo descendió de su cruz y dijo al creyente que oraba de rodillas ante él: “Hijos míos, sois unos imbéciles. Hace diecinueve siglos que predije la paz, y la paz no se ha hecho. Predije el amor, y continúa la guerra entre vosotros; abominé de los bienes terrenos, y os afanáis por amontonar riquezas. (…) Hay entre vosotros tiranos, y hay gentes que se dejan esclavizar. Los primeros son malvados; los segundos, idiotas (….)”».

 

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Azorín, males y desengaños del oficio periodístico
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Azorín, males y desengaños del oficio periodístico

Junto a su vocación de crítico literario y escritor, Azorín fue por encima de todo periodista. De hecho, su primera producción literaria hasta el fin de siglo, que ocupa de La crítica literaria en España (1893) hasta La sociología criminal (1899), el oficio periodístico no es solo una mención sino una constante en su obra. 

Publicado en el Anuario de la Asociación de la Prensa de Alicante 2014

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El alicantino José Martínez Ruiz es, por aquel entonces, un joven periodista de provincias inquieto y revolucionario que ataca sin ambages a la clase política y religiosa. Una connotación política con tintes anarquistas que, en cambio, no le impide en absoluto alejarse de una actitud crítica e independiente con casi todo lo que le rodea, incluido su oficio periodístico, en un redactor que resulta ser además extremadamente culto.

Azorín (que no firmaba aún como tal, puesto que el estreno de su pseudónimo se produce en 1904, con el diario España de Manuel Troyano) siempre vio en el periodismo una herramienta fundamental para comprender la sociedad de su tiempo, como Larra radiografió la suya a través de sus satíricas columnas. Y, desde sus más tempranas páginas, denunció en voz alta los escasos movimientos y privilegios de los que goza el periodista, así como el estado de una profesión de la que se malvive y el contenido de unos periódicos descaradamente partidistas y volcados casi en exclusividad a la actividad política:

“En Rusia no tendrá el ciudadano la libertad a que como hombre tiene derecho, pero no le hacen creer que la disfruta. En España nos persuaden a que tenemos tantos y tales derechos, pero los violan los gobiernos cuando les place. La libertad de la Prensa, la de espectáculos, la de cultos, son la letra muerta para nosotros”, escribe en Buscapiés (1894), y agrega: “Es usted periodista y se le ocurre un día decir la verdad, cumpliendo así el primer deber del periodismo, pues le encarcelarán a usted junto a los criminales más soeces, y perseguirán sable en mano a los infelices vendedores de periódico”.

En Anarquistas literarios (1895), Martínez Ruiz indica la necesidad de publicar periódicos imparciales que no solo atiendan a los apasionamientos políticos, lo que se entiende como una crítica a una época en que las hojas volanderas nacían casi al tiempo que morían, después de cumplir su única función de apoyar a uno u otro partido aspirante al Gobierno.

“Hay periódicos (en España) que pueden figurar muy bien al lado de los buenos del extranjero, y otros que acusan una frivolidad y una mala fe excesivas”, señala Azorín, buen conocedor de la prensa internacional (y sobre todo, de la francesa), quien añade: “Algunos hay que más que periódicos serios, desapasionados, científicos, parecen hojas inconscientes de gacetillas y rumores. La actualidad, una actualidad chillona y perniciosa, lo llena todo”.

Crónicas parlamentarias que no merecen crónica; reseñas interminables de crímenes y procesos; articulistas con juicios calcados en un patrón convencional, sin novedades ni aportaciones que valgan; y diarios monopolizados por la política, que no incluyen los grandes escritores, las novedades editoriales ni el panorama cultural y europeo, centran las críticas de un Azorín desengañado con el oficio, que sufrirá todavía más estas consecuencias cuando dé el salto a Madrid, la capital, en su trabajo en las redacciones de los periódicos.

Martínez Ruiz detalla su travesía y nuevo curso en el periodismo madrileño en Charivari (1897), abarcando desde su ingreso en El País, de Alejandro Lerroux, hasta su despido debido a la “independencia de su pluma” y a la agresividad y radicalidad de sus artículos contra la iglesia, la sociedad política y cultural (la compañía teatral de Antonio Vico fue a buscarle para propinarle una paliza) y su defensa del amor libre.

El libro, una especie de diario personal que la crítica especializada ha valorado como un ajuste de cuentas del periodista monovero, hay que entenderlo además como una continuación del desencanto periodístico que viene sufriendo Azorín desde largo tiempo, casi desde sus inicios literarios, cuando se encuentra con una prensa que no está acorde con su pensamiento.

De este modo, José Martínez Ruiz vierte sobre El País y sus compañeros toda clase de vituperios, propios de su malestar con el oficio y la dudosa capacidad de sus profesionales. Así, no entiende que el diario acepte cartas de los lectores “sin ortografía ni sintaxis”; reprueba las carencias formativas del crítico del periódico, Pereira, como la del periodista Ricardo Fuente; informa sobre la omisión y no publicación de un artículo-cuento, por lo que deja en el aire la terrible mano de la censura; y sigue recriminando la pereza y holgazanería que reina en algunos redactores; la lentitud pasmosa para elaborar una noticia en otros; y la falta de ideas “en el estilo pedestre y campanudo de los periódicos republicanos”.

Es más, Azorín menciona sin tapujos el trato que ciertos medios dispensan a colaboradores como Fray Candil, cuando La Correspondencia de España se opone a su opinión en determinados escritos: “Pues bien, otros, por el nombre y por… el pan, se hubieran plegado a ciertas exigencias y hubieran escrito a gusto de los patronos. Fray Candil, no”, aclara Azorín.

Respeto a las penurias del oficio, que Azorín reconstruye con retratos de compañeros que adolecen de las cargas familiares con sueldos ruinosos y jornadas laborales desproporcionadas, el periodista alicantino hace especial hincapié en el asunto cuando en Bohemia (1897) narra sus mismas vicisitudes ya que las ganancias del periodismo apenas le alcanzan para pagar la pensión y el sustento (solo se alimenta de pan, lo que origina algún leve desmayo).

Además, en el relato El amigo, refleja un episodio que no sabemos si cuenta con retazos autobiográficos aunque la sospecha es más que evidente por las coincidencias: en él, un joven redactor de provincias que trabaja en un periódico de la capital, se deja encandilar por un amigo (que hace de mediador) para publicar en una revista conocida, El arte. Éste le insiste en la importancia de firmar, aunque de momento no reciba ningún dinero a cambio. Pero pronto se descubre el pastel cuando el joven periodista de provincias acude en persona a la dirección de El arte, y allí le extienden un billete: “25 pesetas, lo mismo que todos”.

Estos recuadros literarios siguen su curso ante próximas publicaciones. Así, en Soledades (1898), desmenuza la decadencia en la que se hunde el periodismo, cuando un muchacho busca empleo y se presenta a una entrevista de trabajo. Y concluye el examinador tras el interrogatorio: “Pues entonces, querido joven, si no tiene usted vergüenza, ni dignidad, ni sinceridad, ni conoce una jota de literatura, ni de arte, entonces… ¡hágase usted periodista!”.

Los  males y desengaños del oficio periodístico vistos por Azorín a finales del XIX no son una muestra representativa de su labor en los periódicos, sino un ejemplo de preocupación y obsesión por un trabajo que amó e hizo suyo desde la adolescencia hasta su muerte. De hecho, solo en la franja temporal de sus primeros libros hasta inicios del siglo XX, es posible conocer con Azorín a algunas de las firmas más significativas de la época que en la actualidad pasan totalmente desapercibidas para nosotros como Antonio Sánchez Pérez, Adolfo Suárez Figueroa, González Serrano y José Nakens, junto a otras figuras más relevantes como Ortega Munilla o Luis Bonafoux.

De cualquier modo, pese a las nuevas tecnologías, pese a la democracia y pese a todo lo demás, resulta sorprendente comprobar lo poco que hemos cambiado. Porque lo cierto es que han pasado más de 100 años y muchos de los juicios y análisis efectuados por Azorín parecen estar ocurriendo hoy.

 

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