Azorín, males y desengaños del oficio periodístico
Ene30

Azorín, males y desengaños del oficio periodístico

Junto a su vocación de crítico literario y escritor, Azorín fue por encima de todo periodista. De hecho, su primera producción literaria hasta el fin de siglo, que ocupa de La crítica literaria en España (1893) hasta La sociología criminal (1899), el oficio periodístico no es solo una mención sino una constante en su obra. 

Publicado en el Anuario de la Asociación de la Prensa de Alicante 2014

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El alicantino José Martínez Ruiz es, por aquel entonces, un joven periodista de provincias inquieto y revolucionario que ataca sin ambages a la clase política y religiosa. Una connotación política con tintes anarquistas que, en cambio, no le impide en absoluto alejarse de una actitud crítica e independiente con casi todo lo que le rodea, incluido su oficio periodístico, en un redactor que resulta ser además extremadamente culto.

Azorín (que no firmaba aún como tal, puesto que el estreno de su pseudónimo se produce en 1904, con el diario España de Manuel Troyano) siempre vio en el periodismo una herramienta fundamental para comprender la sociedad de su tiempo, como Larra radiografió la suya a través de sus satíricas columnas. Y, desde sus más tempranas páginas, denunció en voz alta los escasos movimientos y privilegios de los que goza el periodista, así como el estado de una profesión de la que se malvive y el contenido de unos periódicos descaradamente partidistas y volcados casi en exclusividad a la actividad política:

“En Rusia no tendrá el ciudadano la libertad a que como hombre tiene derecho, pero no le hacen creer que la disfruta. En España nos persuaden a que tenemos tantos y tales derechos, pero los violan los gobiernos cuando les place. La libertad de la Prensa, la de espectáculos, la de cultos, son la letra muerta para nosotros”, escribe en Buscapiés (1894), y agrega: “Es usted periodista y se le ocurre un día decir la verdad, cumpliendo así el primer deber del periodismo, pues le encarcelarán a usted junto a los criminales más soeces, y perseguirán sable en mano a los infelices vendedores de periódico”.

En Anarquistas literarios (1895), Martínez Ruiz indica la necesidad de publicar periódicos imparciales que no solo atiendan a los apasionamientos políticos, lo que se entiende como una crítica a una época en que las hojas volanderas nacían casi al tiempo que morían, después de cumplir su única función de apoyar a uno u otro partido aspirante al Gobierno.

“Hay periódicos (en España) que pueden figurar muy bien al lado de los buenos del extranjero, y otros que acusan una frivolidad y una mala fe excesivas”, señala Azorín, buen conocedor de la prensa internacional (y sobre todo, de la francesa), quien añade: “Algunos hay que más que periódicos serios, desapasionados, científicos, parecen hojas inconscientes de gacetillas y rumores. La actualidad, una actualidad chillona y perniciosa, lo llena todo”.

Crónicas parlamentarias que no merecen crónica; reseñas interminables de crímenes y procesos; articulistas con juicios calcados en un patrón convencional, sin novedades ni aportaciones que valgan; y diarios monopolizados por la política, que no incluyen los grandes escritores, las novedades editoriales ni el panorama cultural y europeo, centran las críticas de un Azorín desengañado con el oficio, que sufrirá todavía más estas consecuencias cuando dé el salto a Madrid, la capital, en su trabajo en las redacciones de los periódicos.

Martínez Ruiz detalla su travesía y nuevo curso en el periodismo madrileño en Charivari (1897), abarcando desde su ingreso en El País, de Alejandro Lerroux, hasta su despido debido a la “independencia de su pluma” y a la agresividad y radicalidad de sus artículos contra la iglesia, la sociedad política y cultural (la compañía teatral de Antonio Vico fue a buscarle para propinarle una paliza) y su defensa del amor libre.

El libro, una especie de diario personal que la crítica especializada ha valorado como un ajuste de cuentas del periodista monovero, hay que entenderlo además como una continuación del desencanto periodístico que viene sufriendo Azorín desde largo tiempo, casi desde sus inicios literarios, cuando se encuentra con una prensa que no está acorde con su pensamiento.

De este modo, José Martínez Ruiz vierte sobre El País y sus compañeros toda clase de vituperios, propios de su malestar con el oficio y la dudosa capacidad de sus profesionales. Así, no entiende que el diario acepte cartas de los lectores “sin ortografía ni sintaxis”; reprueba las carencias formativas del crítico del periódico, Pereira, como la del periodista Ricardo Fuente; informa sobre la omisión y no publicación de un artículo-cuento, por lo que deja en el aire la terrible mano de la censura; y sigue recriminando la pereza y holgazanería que reina en algunos redactores; la lentitud pasmosa para elaborar una noticia en otros; y la falta de ideas “en el estilo pedestre y campanudo de los periódicos republicanos”.

Es más, Azorín menciona sin tapujos el trato que ciertos medios dispensan a colaboradores como Fray Candil, cuando La Correspondencia de España se opone a su opinión en determinados escritos: “Pues bien, otros, por el nombre y por… el pan, se hubieran plegado a ciertas exigencias y hubieran escrito a gusto de los patronos. Fray Candil, no”, aclara Azorín.

Respeto a las penurias del oficio, que Azorín reconstruye con retratos de compañeros que adolecen de las cargas familiares con sueldos ruinosos y jornadas laborales desproporcionadas, el periodista alicantino hace especial hincapié en el asunto cuando en Bohemia (1897) narra sus mismas vicisitudes ya que las ganancias del periodismo apenas le alcanzan para pagar la pensión y el sustento (solo se alimenta de pan, lo que origina algún leve desmayo).

Además, en el relato El amigo, refleja un episodio que no sabemos si cuenta con retazos autobiográficos aunque la sospecha es más que evidente por las coincidencias: en él, un joven redactor de provincias que trabaja en un periódico de la capital, se deja encandilar por un amigo (que hace de mediador) para publicar en una revista conocida, El arte. Éste le insiste en la importancia de firmar, aunque de momento no reciba ningún dinero a cambio. Pero pronto se descubre el pastel cuando el joven periodista de provincias acude en persona a la dirección de El arte, y allí le extienden un billete: “25 pesetas, lo mismo que todos”.

Estos recuadros literarios siguen su curso ante próximas publicaciones. Así, en Soledades (1898), desmenuza la decadencia en la que se hunde el periodismo, cuando un muchacho busca empleo y se presenta a una entrevista de trabajo. Y concluye el examinador tras el interrogatorio: “Pues entonces, querido joven, si no tiene usted vergüenza, ni dignidad, ni sinceridad, ni conoce una jota de literatura, ni de arte, entonces… ¡hágase usted periodista!”.

Los  males y desengaños del oficio periodístico vistos por Azorín a finales del XIX no son una muestra representativa de su labor en los periódicos, sino un ejemplo de preocupación y obsesión por un trabajo que amó e hizo suyo desde la adolescencia hasta su muerte. De hecho, solo en la franja temporal de sus primeros libros hasta inicios del siglo XX, es posible conocer con Azorín a algunas de las firmas más significativas de la época que en la actualidad pasan totalmente desapercibidas para nosotros como Antonio Sánchez Pérez, Adolfo Suárez Figueroa, González Serrano y José Nakens, junto a otras figuras más relevantes como Ortega Munilla o Luis Bonafoux.

De cualquier modo, pese a las nuevas tecnologías, pese a la democracia y pese a todo lo demás, resulta sorprendente comprobar lo poco que hemos cambiado. Porque lo cierto es que han pasado más de 100 años y muchos de los juicios y análisis efectuados por Azorín parecen estar ocurriendo hoy.

 

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Azorín y Elia Barceló, la mejor ciencia ficción
Oct27

Azorín y Elia Barceló, la mejor ciencia ficción

Los críticos y expertos Julián Díez y Fernando Ángel Moreno incluyen a los escritores alicantinos Elia Barceló y Azorín en una historia y antología de los autores españoles más representativos sobre el género fantástico

Publicado en Información el 27 de octubre del 2014

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En contra de lo que podamos pensar, la ciencia ficción es un género narrativo muy antiguo. De hecho, parte de la crítica contemporánea lo remonta al principio de los tiempos, porque fue el primero en reflejar un nuevo mundo.

El término de ciencia ficción, tal y como lo conocemos hoy, fue acuñado por Hugo Gernsback, en 1920. Este emigrante de origen luxemburgués, director de la primera publicación estadounidense especializada en el género, Amazing Stories, lo hizo bajo unos parámetros exclusivamente comerciales, que nada tienen que ver por cuánto y cómo ha evolucionado.

Así, la ciencia ficción es uno de los géneros más influyentes en la cultura del siglo XX y lo que llevamos del XXI, casi imposible de definir con precisión y encasillar debido a sus docenas de variantes: relatos con mutantes; postapocalípticos; anacrónicos (un western con pistolas de rayos láser, pongamos como ejemplo); visionarios (1984, de George Orwell); futuristas (Un mundo feliz, de Aldous Huxley) o hasta imaginativos pero que acontecen en un reciente espacio temporal (Parque Jurásico, de Michael Crichton).

La lista podría ampliarse y completar cientos de páginas, aunque los críticos y expertos Julián Díez y Fernando Ángel Moreno abogan por una postura y teoría común: un relato de ciencia ficción muestra uno o varios elementos que se escapan a nuestra realidad, y siendo imposibles en el mundo real, los aceptamos con verosimilitud científica en el escenario de la obra.

Eso viene a decirnos estos profesores solo en una pequeña porción de su extenso ensayo introductorio en la obra Historia y antología de la ciencia ficción española (Cátedra), de reciente publicación, y que ha seleccionado a los escritores alicantinos Azorín y Elia Barceló como algunos de los autores más representativos del género fantástico en España.

Quizás, del periodista y articulista monovero, la sorpresa es mayor aún si cabe. Referente y creador de la Generación del 98, paisajista, maestro del estilo y la prosa lacónica y sencilla, Azorín fue un escritor inquieto que, en sus experimentos, se acercó en muchas ocasiones a desarrollos propios de la literatura fantástica. Además, los críticos Julián Díez y Fernando Ángel Moreno destacan ensoñaciones de Martínez Ruiz en obras a priori tan realistas como Castilla (1912), con relatos ucrónicos como «Las nubes» en su aproximación a La Celestina.

«El fin del mundo» (1901) es el artículo elegido para la ocasión, una viñeta crepuscular, con evidentes influencias de Shopenhauer y Nietzsche, reflejo de la angustia interior que sufría el escritor por aquel tiempo.

«La especie humana perecía. Miles de siglos antes de que extinto el Sol, congelado el planeta, fuese la Tierra inhabitable, ya el hombre, nostálgico de reposo perenne en este perenne flujo y reflujo de la substancia universal, había acabado. La Tierra estaba desierta. Los hombres eran muertos. Poco a poco los mató el hastío de las bienandanzas que la ciencia, la industria y el arte realizaron al trocar en realidad presente el ensueño de pensadores prehistóricos», escribe Martínez Ruiz.

La escritora eldense Elia Barceló es la otra «gran» autora. Y el entrecomillado no es casual, ya que pese a su impecable trayectoria y el éxito de sus relatos, su reconocimiento sigue siendo escaso en España. Barceló vive en Innsbruck (Austria) y su trabajo se publica regularmente en alemán. El cuento adjunto en la antología es «Mil euros por tu vida» (2008), de lectura fugaz y cuya historia y mensaje entra por intravenosa.

Curiosamente editado en España por medio de una colección juvenil, Futuros peligrosos, el relato (que es más bien de corte adulto) fue adaptado al cine en el 2010 por Damir Lukacevic con el título de Transfer, y ganó numerosos premios en distintos festivales.

«Mil euros por tu vida» es, según los expertos Julián Díez y Fernando Ángel Moreno, una muestra de las preocupaciones de la autora de Elda por temas sociales y, por así decirlo, «prospectivos».

«Los denominadores comunes de su producción, eso sí, están en la sensibilidad sin sensiblerías y la vocación de estilo aupada por su dominio del lenguaje», explican.

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Azorín, y las amistades peligrosas
Ago19

Azorín, y las amistades peligrosas

Efemérides literarias. Numerosas actividades vienen a conmemorar en España el 75 y 30 aniversario, respectivamente, del fallecimiento de Miguel Unamuno y Josep Pla, figuras y referentes indiscutibles de nuestra literatura. Autores consagrados que, a su vez, estuvieron en contacto con intelectuales alicantinos como Rafael Altamira, Gabriel Miró o Azorín, intercambiando ideas, estilos, halagos e incluso críticas. “Unamuno es una nebulosa que no domina el castellano”, dijo el escritor de Monóvar, antes de cooperar juntos en una campaña contra la prostitución y el juego en Málaga.

Publicado en Información el 28 de febrero del 2011

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La literatura es como un juego que representa la vida. Y si la amistad es un valor muy apreciado entre los escritores, un mal libro, por muy buena que sea la relación entre ambos, puede resquebrajar en un santiamén la camaradería y simpatía con que se correspondían.

Un ejemplo. Miguel de Unamuno, escritor del que se cumple el 75 aniversario de su fallecimiento, mantuvo una intensa relación epistolar con Azorín. Ambos se elogiaron mutuamente, cooperaron en distintas campañas (los dos se opusieron a la sentencia del periodista Luis de Sirval, fusilado a raíz de los sucesos de Oviedo en 1934) y colaboraron activamente en la prensa escrita.

Pero eso no quita que, sin embargo, se lancen dardos venenosos cuando asumen el papel de crítico por las novelas que saltan al mercado. No existen pues amiguismos que valgan, y Azorín, cuando revisa la obra Paz en la Guerra del Rector de Salamanca, escribe de éste: “Unamuno es una nebulosa que no domina aún el castellano”. Duro juicio que, posteriormente, Unamuno acata en su Diario íntimo con estas palabras: “¡Qué razón tenía Azorín cuando me dijo que no sabía por dónde andaba!”.

Pero la amistad literaria es un valor que, normalmente, siempre prevalece. Por eso Azorín y Unamuno conservaron su buen compañerismo hasta sus últimos días como escritores, quedando para la historia capítulos como la defensa de Azorín en el Congreso con motivo de la destitución de Unamuno de su puesto de Rector de Salamanca o por lo injusto de su destierro por Primo de Rivera.

El escritor y politólogo alicantino José Ferrándiz, autor de Azorín, cronista parlamentario, señala en este sentido que “la relación de Azorín y Unamuno fue larga, directa y muy buena. Cabe recordar que, en 1906, se estaba debatiendo en el Congreso la ley de jurisdicciones, en donde las opiniones sobre símbolos del Estado y del ejército iban a juzgarse por tribunales militares. Azorín y Unamuno fueron dos de los representantes intelectuales que se oponían a esa ley, porque entendían que reducía la libertad de expresión. Azorín fue entonces el organizador de una conferencia en el teatro de la Zarzuela, que pronunció Unamuno en contra de esa ley. Tuvo tal afluencia de público que no cabía toda la gente que asistió”.

En diciembre de 1941, tras el oscuro exilio sufrido por Azorín, éste vuelve a su actividad en los periódicos, y escribe en INFORMACIÓN una nueva defensa de Unamuno, que suena más bien a despedida después de la muerte del Rector de Salamanca unos años atrás. Y escribe: “Lucha Unamuno contra la rigidez del castellano y lucha también en la región de las ideas. Si tuviéramos que definir la personalidad de Unamuno, diríamos: un hombre contra algo”.

El profesor alicantino Rafael Altamira fue otro de los intelectuales que mayor amistad compartió con Unamuno. Ambos coincidieron en el Regeneracionismo, e intercambiaron impresiones en sus cartas sobre su visión del nacionalismo español.

El catedrático de Literatura de la Universidad de Alicante Miguel Ángel Lozano destaca, por su parte, la admiración que despertaba las obras de Gabriel Miró en Unamuno. “Se apreciaban mucho. Y a Unanumo le gustaba tanto el libro Figuras de la Pasión del Señor que se lo leía a un amigo ciego que tenía, Cándido Pinilla. Esto lo recordaba mucho Gabriel Miró, era algo por lo que se sentía muy satisfecho”.

Unamuno citó al alicantino Gabriel Miró como “uno de los mejores, de los más claros de alma, de los más buenos, porque su inteligencia era la forma suprema de su bondad”. Así lo dejó escrito en el telegrama que envió a su viuda a la muerte de Miró.
También en este 2011 se cumple el 30 aniversario de la muerte del articulista y escritor catalán Josep Pla. Las librerías se llenan ahora de sus libros y, en ellos, vuelven a encontrarse sus numerosas alusiones a algunos de los autores que más admiró, como Azorín.

“La vida de Azorín y Josep Pla tiene similitudes. Los dos se dedicaron por mantenimiento vital al Periodismo y fueron valorados muy positivamente. Y dentro de esta área, dio la casualidad que los dos fueron cronistas parlamentarios en épocas distintas. Azorín lo fue en la Restauración y Josep Pla lo fue en la República”, apunta el investigador José Ferrándiz.

Cabe destacar también el estilo con que ambos periodistas se entregaban a su actividad, el articulismo y la crónica, puesto que Pla buscaba un lenguaje sencillo, transparente, por lo que las afinidades estéticas de ambos escritores coincidían.

El escritor José Ferrándiz cuenta que “cuando Rafael Azuar (autor nacido en Elche) escribió su novela Modorra, con la que ganó el premio de novela “Café de Gijón”, éste recibió una carta de Josep Pla en la que le hablaba del libro y, a su vez, le felicitaba. Pero añadía además esta otra alusión: “Desde el punto de vista del paisaje, su libro me ha parecido más profundo que la literatura levantina de Azorín, que tiende demasiado el cromo y al lugar común””.

Vuelve así a demostrarse que, por mucho que sea la admiración de un escritor a otro (Pla reconocía abiertamente su simpatía por Azorín), las críticas siempre son dañinas, el oficio es el oficio, y es entonces cuando las amistades se vuelven peligrosas.

 

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Azorín en la Gran Guerra
Ago11

Azorín en la Gran Guerra

Fue el primer periodista español que tuvo acceso a los campamentos militares de Estados Unidos en Europa, en el frente francés hace un siglo. Reconocido francófilo, vaticinó un nuevo orden mundial tras el conflicto bélico

Publicado en Información el 10 de agosto del 2014

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Europa llevaba cuatro años en llamas, en la Gran Guerra, también conocida como la I Guerra Mundial (1914), cuando Azorín emprende un viaje a la Francia bélica para conocer de primera mano qué estaba ocurriendo en el territorio vecino.

De tal modo, en 1918, el escritor alicantino obtiene un permiso especial para atravesar la frontera y se convierte así en el primer periodista español que tiene acceso a los campamentos militares de Estados Unidos en Europa. Su deseo: «Dar una versión directa, sobria y fiel de las cosas».

Desde el hotel Majestic de París, donde fija su residencia, Azorín es testigo de una Europa que lucha a vida o muerte, con más de ocho millones de muertos y desaparecidos; 20 millones de heridos; y una población civil al borde de la desesperación a consecuencia del bloqueo y del hambre.

Alemania lanza una fuerte ofensiva, bombardea París, mientras el frente francés, agónico, sobrevive y contraataca gracias a la intervención de Estados Unidos en la contienda. Y España, por su parte, mantiene una supuesta neutralidad, escorada hacia Alemania, cuando intelectuales y políticos mantienen una discusión abierta sobre lo que le conviene al país: si francófila o germanófila.

Así, en este contexto, Azorín recibe una invitación del ejército norteamericano para entrevistarse con el comandante y ver, en primera persona, el desarrollo de la guerra:

«Los Estados Unidos desembarcan sus tropas y su material de guerra y provisiones en cuatro puertos (…). Todas las semanas llega, matemáticamente, indefectiblemente, un número crecidísimo de soldados. Dentro de poco habrá en Francia uno de los más poderosos ejércitos que ha visto la humanidad. Todo está ya regularizado: el desembarco, el descanso, la marcha hacia el frente (…)», señala Azorín, quien agrega en otro artículo: «En España, ni los gobernantes, ni, en general, la opinión, se han percatado de que el mundo ha entrado en una nueva era. Las armas aliadas, con el auxilio poderosísimo de Norteamérica, vencerán en los campos de batalla. Tras la guerra, el sentido, la orientación, las tendencias de los norteamericanos predominarán el mundo», afirma el periodista alicantino en este escrito insertado en la obra Los norteamericanos, editado por su biógrafo Ángel Cruz Rueda para las Obras Completas de 1947, aunque otros tantos artículos azorinianos sobre la I Guerra Mundial quedan esparcidos en otros libros como París, bombardeado, Entre España y Francia (Páginas de un francófilo), Españoles en París y Con bandera de Francia.

El periodista alicantino, en su oficio de guerra, sufrió ciertas adversidades. Primero, tuvo que lidiar con compañeros de generación, como Miguel de Unamuno, que le acusaron sin ambages de recibir dinero a cambio de su campaña a favor de los aliados: «¿Cuánto le darán a Azorín los norteamericanos por estos artículos?», se cuestiona el autor de Niebla. Y segundo, quedaba el reto de imponer su criterio y opinión, la de Azorín, sobre un ABC germanófilo, que le acarreó algún disgusto con el propietario del medio, Torcuato Luca de Tena, quien tuvo que finalmente ceder ante el prestigio de la firma de Azorín en París y los favores políticos que le debía ante la mediación del alicantino con Antonio Maura, en la presidencia del Gobierno.

«Sus artículos (los de Azorín en la Gran Guerra) fueron, si se quiere, una provocación pero también de una clarividencia inusitada», afirma Laureano Robles, experto azorinista y autor de un amplio número de artículos de referencia en el estudio del periodista alicantino.

De hecho, las palabras de Azorín, 100 añ0s después, nos dan una idea de lo esclarecedoras que fueron: «Mi impresión, sin titubeos ni atenuaciones, es que Alemania tiene perdida la guerra. La guerra la van a decidir los Estados Unidos… Los Estados Unidos van a poner de manifiesto que son hoy el primer poder militar del mundo (…). Lo que está en juego en esta guerra es el concepto de sociedad y libertad. Estamos entrando en el umbral de una nueva era…».

Cabe recordar que la I Guerra Mundial fue, además del primer gran conflicto bélico, la primera guerra de masas en la que Estado, ejército y medios de comunicación andaban unidos los unos a los otros. De ahí que el periódico, la letra impresa, cobrase una importancia capital como la radio lo fue en la II Guerra Mundial y las nuevas tecnologías o Internet lo son hoy.

Azorín, declarado francófilo (desde sus inicios literarios), tampoco vivió indemne a este ambiente propagandístico, como apunta el profesor alicantino José Ferrándiz Lozano, aunque sus páginas, eso sí, nos remitan a hechos en constante revisión y de candente actualidad.

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Azorín, y la inspiración libresca
Ago01

Azorín, y la inspiración libresca

Una nueva antología azoriniana, con prólogo de Andrés Trapiello e introducción del historiador valenciano Francisco Fuster,  incluye 50 artículos periodísticos sobre su amor a los libros y su afición a la lectura. El periodista y escritor alicantino fue el mayor crítico literario de su tiempo

Publicado en Información el 14 de febrero del 2014

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Azorín fue siempre un apasionado por los libros heteróclitos; por los de gran y pequeño formato; por las bibliotecas y las librerías de lance; y quien se acerque a su obra, primera o última, se percatará de la inspiración libresca, levadura y verdadera materia de los miles de artículos de su producción periodística.

Azorín escudriñaba, rastreaba y tomaba constantes notas en sus lecturas, y no tenía ningún inconveniente en acudir a la fuente original con tal de andar siempre bien documentado. De hecho, cuando el padre de Ortega y Gasset le encargó la serie de reportajes sobre La ruta de Don Quijote, en 1905, para el diario El Imparcial, José Martínez Ruiz cita en varias ocasiones las Relaciones topográficas de los pueblos españoles, un estudio comisionado por Felipe II en 1575. Nada fuera de lo común si no fuera porque, por entonces, las Relaciones topográficas estaban inéditas y solo se hallaban disponibles (el manuscrito original, de ocho tomos) en la Biblioteca de El Escorial y una copia en la Academia de la Historia.

«Escribir y leer son cosas terribles. Y mucho más pensar», nos dice en su libro de memorias Madrid. Azorín fue también quien rescató y nos redescubrió a los clásicos, permitiéndonos reconocer como algo próximo al Mío Cid y Berceo; Garcilaso y Larra; Rivas o Castelar. Porque, como afirma el profesor Miguel Ángel Lozano, de la Universidad de Alicante, «desde su primer texto de entidad, La crítica literaria en España (conferencia pronunciada en el Ateneo Literario de Valencia en 1893), hasta su último libro, Ejercicios del castellano (1960), la vocación sobresaliente de Martínez Ruiz es la de crítico, entendida esta figura con una altura y dimensión que faltaba en España».

Andrés Trapiello, referente de nuestra literatura actual, agrega: «No ha habido en todo el siglo XX un crítico tan fino como él, si entendemos por crítico aquel que va prendiendo en los lectores la curiosidad y el entusiasmo».
De todo esto, y mucho más, viene a reflexionar la obra de reciente publicación, Libros, buquinistas y bibliotecas. Crónicas de un transeúnte: Madrid-París (Editorial Fórcola), que con prólogo de Andrés Trapiello, y edición a cargo del historiador valenciano Francisco Fuster, registra 50 pequeños ensayos de Azorín sobre su amor a los libros y su afición a la lectura.

Una pasión, decíamos, que surge en el escritor y periodista de Monóvar a una temprana edad, ante el espejo de su padre, lector voraz y abogado; su formación en el internado de los Escolapios en Yecla; sus estudios de Derecho en Valencia (donde era un mediocre estudiante, hasta el extremo que no llegó a finalizar la carrera) aunque sus artículos en la prensa valenciana, como los de El Mercantil Valenciano, despertaban la admiración del profesorado; y su posterior salto a Madrid, en la capital, donde encuentra serias dificultades para hacerse con un hueco en la prensa.

Adversidades, también económicas, que no lograron alejar a Azorín de sus anhelados libros, tal y como refleja el historiador Francisco Fuster en su excelente introducción a la nueva antología azoriniana: «Como recordó en varios pasajes de sus libros memorialísticos, los primeros pasos en el oficio fueron bastante duros, pues a la dificultad -o más bien, la imposibilidad- de conseguir que los periódicos pagaran sus colaboraciones, se añadía la de tener que administrar los escasos ingresos con los que contaba. Así lo explica en dos entradas de ese diario ficticio en las que confiesa cómo, en los que tuvo que renunciar a casi todo, no se pudo privar de la compañía de un libro».

Escribe Azorín a finales del XIX, recién llegado a Madrid: «12 de marzo. Como allí (en los periódicos) no me dan nada, y además, lo poco que, a fuerza de mil penalidades, me manda mi pobre madre he tenido que gastarlo casi todo en pagar este cuartejo que habito y en comprarme alguna ropa… no me quedan más de quince pesetas para mantenerme durante treinta días. Por lo pronto, lo que voy a hacer es no gastarme un céntimo en nada… ni periódicos, ni revistas, ni libros. Ya sé que esto me será un poco difícil, porque yo soy capaz de quedarme sin comer por comprar un volumen nuevo, pero quitaré la ocasión, es decir, no pasaré por las librerías ni llevaré cuantioso caudal en el bolsillo».

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