Azorín, disponible ahora en chino
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Azorín, disponible ahora en chino

La editorial asiática Joint Publishing, una de las más importantes del país, traduce por primera vez al mandarín distintos pasajes de la obra del escritor y periodista alicantino como Los pueblos o Una hora de España.

Publicado en Información el domingo 22 de marzo del 2015

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A un escritor se le renueva y revaloriza por sus nuevas ediciones, estudios críticos y, cómo no, por sus traducciones. Unas premisas que, si atendemos en el caso de Azorín, el escritor y periodista de Monóvar, se cumplen a todas luces.

Tanto es así que, hace apenas unas semanas, la editorial asiática Joint Publishing Company, una de las más importantes del imperio cultural chino, ha publicado una obra con distintos pasajes del legado literario de José Martínez Ruiz como Los pueblos (1905), España. Hombres y paisajes (1909) y Una hora de España (1924) traducidos por vez primera al mandarín.

El libro, que encierra además una cuidada y limpia maquetación, con interesantes ilustraciones en su interior, contiene también diversas ponencias del III congreso internacional celebrado en Pau, Azorín (1904-1924), encaminadas a acercar el perfil periodístico y literario del alicantino a la comunidad china.

La noticia, que se confirmó los días previos a la entrega del Premio de Novela Azorín 2015, se puso en conocimiento de diversos agentes de Planeta que, viéndose asombrados, aseguraron estudiar el caso ante el potencial de un mercado que no se le escapa a nadie, con millones y millones de lectores como el que puede generar China.

Joint Publishing Company, la editorial responsable de la traducción, es una cadena de libros y editora de Hong Kong fundada en 1948. Y es, de este modo, una de las principales tiendas de China, con sedes también en Pekín, Shanghai y con presencia incluida, por paradójico que pueda parecer, en Estados Unidos: concretamente en Toronto, Vancouver, Nueva York, Los Ángeles y San Francisco.

Las negociaciones de Joint Publishing Company con la Fundación Caja Mediterráneo, poseedora de los derechos del escritor y periodista alicantino, se remontan al 2013.

Respecto a las obras seleccionadas para la traducción al mandarín, es especialmente idónea la opción de Los pueblos (1905), con el que Martínez Ruiz se muda la piel y pasa a firmar sus escritos como Azorín, dejando atrás la redacción rápida y anarquista de su primer periodismo, desordenado y voraz, inclinándose ahora por la meditación, la transmisión de sensaciones y un mundo que, para él, se presenta nuevo.

El profesor Miguel Ángel Lozano, de la Universidad de Alicante, lo explica así en Anales Azorinianos 3: «Azorín da forma precisa a su mundo por medio de la palabra, y la dota de la condición de los sueños (…). Azorín va dando forma sobre el papel, con claridad, aquello que va extrayendo de sus evocaciones, en actitud ensimismada: evocaciones de lecturas, y evocaciones de recuerdos vividos, pero recuerdos de sensaciones que hayan impresionado su sensibilidad. Y en este sentido, funde sus propias vivencias, sus sentimientos recordados -y esto es, pasados de nuevo por el corazón- con sus lecturas, recordadas también, y también sentidas. (…) Es indesligable en Azorín la literatura de la vida».

Cabe recordar, en este aspecto, que el legado azoriniano ya está disponible en idiomas como el alemán, italiano, francés, holandés, japonés, griego o serbio, e incluso se ha intensificado su traducción en estos últimos años, debido a su interés, al valenciano.

En cualquier caso, Azorín, autor de un tremendo bagaje cultural que ya aflora en su primer libro (La crítica literaria en España) cuando no era más que un joven aspirante a periodista y escritor, también mostró un vivo interés por otras obras en el extranjero. De hecho, con apenas 20 años, tradujo del francés a A. Hamon con De la patria; a Kropotkin, con Las prisiones; y a La intrusa, de Maeterlinck, en un claro acercamiento a su simbolismo. También, en los años de 1928 y 1930, se interesó por el teatro de vanguardia europeo.

Nueva edición
Decíamos líneas atrás de la importancia de la salida de una nueva edición, como la reciente recopilación de relatos anarquistas «El modorro» y otros cuentos libertarios (Rasmia editorial), con piezas que van de Pi i Margall, Blasco Ibáñez, Joaquín Dicenta y Teresa Claramunt a Azorín.

En el caso del escritor y periodista monovero, la obra recoge el artículo-cuento titulado «El Cristo nuevo», del periódico El Porvenir del Obrero (1902), que corresponde al que algunos expertos tildan como el «preAzorín», es decir, el joven José Martínez Ruiz con ideas anarquistas que también destructoras, quien define al matrimonio como una condición inmoral que priva a la mujer de su libertad.

El arranque del relato, que no tiene desperdicio, dice así:

«El Cristo descendió de su cruz y dijo al creyente que oraba de rodillas ante él: “Hijos míos, sois unos imbéciles. Hace diecinueve siglos que predije la paz, y la paz no se ha hecho. Predije el amor, y continúa la guerra entre vosotros; abominé de los bienes terrenos, y os afanáis por amontonar riquezas. (…) Hay entre vosotros tiranos, y hay gentes que se dejan esclavizar. Los primeros son malvados; los segundos, idiotas (….)”».

 

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El secreto de Gabriel Miró
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El secreto de Gabriel Miró

La investigadora Laura Palomo reordena y completa el libro inédito Figuras de Bethlem, descubriendo así una obra moderna de gran valor literario del escritor alicantino que permanecía oculta y desfragmentada en la prensa de la época. FOTO: CAROLINA ESCALANTE

Publicado en Información el 22 de febrero del 2015

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Laura, Tesis de Gabriel Miro en la biblioteca de Gabriel Miro.

Ya sea por la injusta y agresiva crítica de Ortega y Gasset a su libro El obispo leproso; o por su estilo metafórico, ambicioso, refinado y amplio, muy amplio, solo apto para lectores muy exigentes; o bien por su particular personalidad literaria, alérgica a temáticas en boga, que también a pompas de tertulias y homenajes; por eso, y algunos apuntes más, el escritor alicantino Gabriel Miró permanece hoy en un incomprensible olvido cuando su aportación al lenguaje fue «millonaria», que dijo Umbral, y Azorín se ausentó para siempre de la RAE cuando ésta no valoró correctamente a uno de los grandes prosistas del siglo XX.

En cualquier caso, el tiempo corrige los defectos del pasado y solo así se explica lujosas contribuciones como la reciente de Laura Palomo Alepuz, que ha reordenado y completado la obra inédita Figuras de Bethlem, el secreto de Gabriel Miró, descubriendo un libro de enorme valor literario que hasta ahora se encontraba oculto y perdido entre la prensa de la época y un apéndice del tomo VI de las Obras Completas.

De este modo, en un trabajo dirigido por el profesor Miguel Ángel Lozano y que se ha centrado en los legados que custodia la Fundación Caja Mediterráneo, la alicantina Laura Palomo ha partido de un amplio conjunto de documentos (manuscritos, esquemas, mapas, notas…) para reelaborar la estructura y esquema de Figuras de Bethlem, en un pormenorizado análisis que le ha valido la máxima calificación en su tesis doctoral con la Universidad de Alicante.

«Fue muy difícil unir todas las piezas del puzzle, porque no conocía el argumento de Figuras de Bethlem ni su estructura y tampoco contaba con un texto base o con bibliografía crítica que me sirviesen como referencia. Es necesario tener en cuenta que el material era manuscrito y fragmentario y, además, estaba muy desordenado. Por lo tanto, nuestro trabajo era como el del arqueólogo que va desempolvando cada trocito de una antigua edificación y a través de las partes trata de reconstruir lo que a él le parece que fue el conjunto. Yo fui conociendo el argumento de la obra al mismo tiempo que iba transcribiendo. Pero, sin duda, lo que más quebraderos de cabeza me dio fue la cuestión de la estructura, porque de ella dependía toda mi propuesta de ordenación», señala Laura Palomo, quien configura y divide el libro en tres partes: la primera, dedicada a la historia de Belén; la segunda, al viaje que emprenden los Reyes Magos; y la tercera, al reinado de Herodes, de tal manera que las tres confluían en el mismo momento histórico: el del nacimiento de Jesucristo.

«Por lo que se puede deducir de las opiniones del mismo escritor sobre esta obra, en su epistolario o en algunas entrevistas publicadas en prensa, a Miró le ilusionaba mucho este trabajo. Empieza a mencionar su gestación a partir de 1918 y en 1930, cuando se produjo su muerte, todavía seguía escribiéndola. Figuras de Bethlem conjugaba varios de sus intereses: su atracción por la historia antigua, por la Biblia y por los clásicos greco-latinos», apunta la investigadora alicantina, que ha llevado a cabo una aportación esencial en la bibliografía mironiana.

«La persona que me inició en la lectura de la obra de Gabriel Miró fue Miguel Ángel Lozano. Yo estaba estudiando la licenciatura y él daba una asignatura que se llamaba “Novela española del Modernismo a la Vanguardia”. Durante ese curso leímos Nuestro Padre San Daniel y El obispo leproso. Miró me maravilló. Por eso, cuando me matriculé en el doctorado, pensé que me gustaría hacer mi trabajo de investigación sobre su obra y bajo la supervisión de Miguel Ángel», afirma Laura Palomo, quien destaca el apoyo decisivo para su tesis de los legados de la Fundación Caja Mediterráneo y la Biblioteca Gabriel Miró.

«Mi investigación se basa en dos pilares: el análisis del archivo y la consulta de la biblioteca personal del escritor. Por este motivo, sin su apoyo mi tesis no hubiera tenido sentido», concluye la alicantina.

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Azorín, males y desengaños del oficio periodístico
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Azorín, males y desengaños del oficio periodístico

Junto a su vocación de crítico literario y escritor, Azorín fue por encima de todo periodista. De hecho, su primera producción literaria hasta el fin de siglo, que ocupa de La crítica literaria en España (1893) hasta La sociología criminal (1899), el oficio periodístico no es solo una mención sino una constante en su obra. 

Publicado en el Anuario de la Asociación de la Prensa de Alicante 2014

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El alicantino José Martínez Ruiz es, por aquel entonces, un joven periodista de provincias inquieto y revolucionario que ataca sin ambages a la clase política y religiosa. Una connotación política con tintes anarquistas que, en cambio, no le impide en absoluto alejarse de una actitud crítica e independiente con casi todo lo que le rodea, incluido su oficio periodístico, en un redactor que resulta ser además extremadamente culto.

Azorín (que no firmaba aún como tal, puesto que el estreno de su pseudónimo se produce en 1904, con el diario España de Manuel Troyano) siempre vio en el periodismo una herramienta fundamental para comprender la sociedad de su tiempo, como Larra radiografió la suya a través de sus satíricas columnas. Y, desde sus más tempranas páginas, denunció en voz alta los escasos movimientos y privilegios de los que goza el periodista, así como el estado de una profesión de la que se malvive y el contenido de unos periódicos descaradamente partidistas y volcados casi en exclusividad a la actividad política:

“En Rusia no tendrá el ciudadano la libertad a que como hombre tiene derecho, pero no le hacen creer que la disfruta. En España nos persuaden a que tenemos tantos y tales derechos, pero los violan los gobiernos cuando les place. La libertad de la Prensa, la de espectáculos, la de cultos, son la letra muerta para nosotros”, escribe en Buscapiés (1894), y agrega: “Es usted periodista y se le ocurre un día decir la verdad, cumpliendo así el primer deber del periodismo, pues le encarcelarán a usted junto a los criminales más soeces, y perseguirán sable en mano a los infelices vendedores de periódico”.

En Anarquistas literarios (1895), Martínez Ruiz indica la necesidad de publicar periódicos imparciales que no solo atiendan a los apasionamientos políticos, lo que se entiende como una crítica a una época en que las hojas volanderas nacían casi al tiempo que morían, después de cumplir su única función de apoyar a uno u otro partido aspirante al Gobierno.

“Hay periódicos (en España) que pueden figurar muy bien al lado de los buenos del extranjero, y otros que acusan una frivolidad y una mala fe excesivas”, señala Azorín, buen conocedor de la prensa internacional (y sobre todo, de la francesa), quien añade: “Algunos hay que más que periódicos serios, desapasionados, científicos, parecen hojas inconscientes de gacetillas y rumores. La actualidad, una actualidad chillona y perniciosa, lo llena todo”.

Crónicas parlamentarias que no merecen crónica; reseñas interminables de crímenes y procesos; articulistas con juicios calcados en un patrón convencional, sin novedades ni aportaciones que valgan; y diarios monopolizados por la política, que no incluyen los grandes escritores, las novedades editoriales ni el panorama cultural y europeo, centran las críticas de un Azorín desengañado con el oficio, que sufrirá todavía más estas consecuencias cuando dé el salto a Madrid, la capital, en su trabajo en las redacciones de los periódicos.

Martínez Ruiz detalla su travesía y nuevo curso en el periodismo madrileño en Charivari (1897), abarcando desde su ingreso en El País, de Alejandro Lerroux, hasta su despido debido a la “independencia de su pluma” y a la agresividad y radicalidad de sus artículos contra la iglesia, la sociedad política y cultural (la compañía teatral de Antonio Vico fue a buscarle para propinarle una paliza) y su defensa del amor libre.

El libro, una especie de diario personal que la crítica especializada ha valorado como un ajuste de cuentas del periodista monovero, hay que entenderlo además como una continuación del desencanto periodístico que viene sufriendo Azorín desde largo tiempo, casi desde sus inicios literarios, cuando se encuentra con una prensa que no está acorde con su pensamiento.

De este modo, José Martínez Ruiz vierte sobre El País y sus compañeros toda clase de vituperios, propios de su malestar con el oficio y la dudosa capacidad de sus profesionales. Así, no entiende que el diario acepte cartas de los lectores “sin ortografía ni sintaxis”; reprueba las carencias formativas del crítico del periódico, Pereira, como la del periodista Ricardo Fuente; informa sobre la omisión y no publicación de un artículo-cuento, por lo que deja en el aire la terrible mano de la censura; y sigue recriminando la pereza y holgazanería que reina en algunos redactores; la lentitud pasmosa para elaborar una noticia en otros; y la falta de ideas “en el estilo pedestre y campanudo de los periódicos republicanos”.

Es más, Azorín menciona sin tapujos el trato que ciertos medios dispensan a colaboradores como Fray Candil, cuando La Correspondencia de España se opone a su opinión en determinados escritos: “Pues bien, otros, por el nombre y por… el pan, se hubieran plegado a ciertas exigencias y hubieran escrito a gusto de los patronos. Fray Candil, no”, aclara Azorín.

Respeto a las penurias del oficio, que Azorín reconstruye con retratos de compañeros que adolecen de las cargas familiares con sueldos ruinosos y jornadas laborales desproporcionadas, el periodista alicantino hace especial hincapié en el asunto cuando en Bohemia (1897) narra sus mismas vicisitudes ya que las ganancias del periodismo apenas le alcanzan para pagar la pensión y el sustento (solo se alimenta de pan, lo que origina algún leve desmayo).

Además, en el relato El amigo, refleja un episodio que no sabemos si cuenta con retazos autobiográficos aunque la sospecha es más que evidente por las coincidencias: en él, un joven redactor de provincias que trabaja en un periódico de la capital, se deja encandilar por un amigo (que hace de mediador) para publicar en una revista conocida, El arte. Éste le insiste en la importancia de firmar, aunque de momento no reciba ningún dinero a cambio. Pero pronto se descubre el pastel cuando el joven periodista de provincias acude en persona a la dirección de El arte, y allí le extienden un billete: “25 pesetas, lo mismo que todos”.

Estos recuadros literarios siguen su curso ante próximas publicaciones. Así, en Soledades (1898), desmenuza la decadencia en la que se hunde el periodismo, cuando un muchacho busca empleo y se presenta a una entrevista de trabajo. Y concluye el examinador tras el interrogatorio: “Pues entonces, querido joven, si no tiene usted vergüenza, ni dignidad, ni sinceridad, ni conoce una jota de literatura, ni de arte, entonces… ¡hágase usted periodista!”.

Los  males y desengaños del oficio periodístico vistos por Azorín a finales del XIX no son una muestra representativa de su labor en los periódicos, sino un ejemplo de preocupación y obsesión por un trabajo que amó e hizo suyo desde la adolescencia hasta su muerte. De hecho, solo en la franja temporal de sus primeros libros hasta inicios del siglo XX, es posible conocer con Azorín a algunas de las firmas más significativas de la época que en la actualidad pasan totalmente desapercibidas para nosotros como Antonio Sánchez Pérez, Adolfo Suárez Figueroa, González Serrano y José Nakens, junto a otras figuras más relevantes como Ortega Munilla o Luis Bonafoux.

De cualquier modo, pese a las nuevas tecnologías, pese a la democracia y pese a todo lo demás, resulta sorprendente comprobar lo poco que hemos cambiado. Porque lo cierto es que han pasado más de 100 años y muchos de los juicios y análisis efectuados por Azorín parecen estar ocurriendo hoy.

 

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Vida, cárcel y muerte de un poeta: Miguel Hernández
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Vida, cárcel y muerte de un poeta: Miguel Hernández

El Archivo Histórico Provincial de Alicante, junto a la Fundación Cultural Miguel Hernández, dedica una exposición con numerosos documentos personales al autor de Vientos del pueblo. Entre los archivos, el expediente penitenciario sobre su traslado de Orihuela a la prisión de Madrid en noviembre de 1939 o su acta de boda. (FOTO: ISABEL RAMÓN). 

Publicado en Información el 25 de enero del 2014

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En el laberinto judicial que sufre a finales de 1939, Miguel Hernández fue encarcelado en el seminario de Orihuela para, poco después, ser trasladado a la cárcel de Madrid. El proceso de orden y captura se firmó el 14 de octubre de 1939, por el juez Martínez Gargallo, y tras la reclusión forzosa de unos meses en su pueblo natal fue a parar, orden judicial por medio, a la prisión madrileña de Conde de Toreno. Allí se reencontró con su amigo Antonio Buero Vallejo, con quien compartió confidencias, antes de su condena a muerte en enero de 1940 por adhesión a la rebelión militar.

El expediente penitenciario de Miguel Hernández en esta etapa decisiva de su vida, cuando fue desplazado de su Orihuela natal a la capital como preso, en noviembre y diciembre de 1939, es uno de los atractivos documentos que integran «Un poeta necesario: Exposición bibliográfica sobre Miguel Hernández», organizada por el Archivo Histórico Provincial de Alicante junto a la Fundación Cultural Miguel Hernández.

Una muestra que se adentra además en aspectos biográficos como su boda con Josefina Manresa, su legado literario y los homenajes que se suceden año tras año, siendo un recorrido especialmente sugestivo para el lector, aficionado o interesado en la vida, cárcel y muerte de un poeta universal.

«Se ha hecho también un esfuerzo para aportar fondos bibliográficos muy valiosos, originales y de diverso material documental escasamente difundido, que normalmente caen solo en manos de investigadores, así como de homenajes al poeta», señala la directora general de Cultura de la Generalitat, Marta Alonso Rodríguez, quien asistirá mañana a la inauguración de la exposición que acoge el Archivo Histórico Provincial de Alicante (calle Guillén de Castro, número 3).

De hecho, como señala Rodríguez, también estará disponible al público los archivos del «Homenaje de los pueblos de España a Miguel Hernández», efectuado en 1976 en todo el país, y que fue donado a la institución alicantina por el Club de Amigos de la Unesco. Unos fondos que despiertan vivo interés ya que hacen alusión a diversos actos culturales sobre el poeta como los recitales del grupo Jarcha o Pi de la Serra; intervenciones poéticas de Félix Grande o la poeta alicantina y Premio Nacional de Poesía, Francisca Aguirre; el montaje escénico de la Peña Cultural Barcelonesa, Me llamo Barro; el recital de canciones del grupo La Bullonera en Orihuela, o la compañía de ballet Az de la Complutense de Madrid;  y, sobre todo, figuran entre estos apuntes las personalidades que se comprometieron a colaborar en el homenaje como Gabriel Celaya, Francisco Umbral, Vicent Andrés Estellés, Manuel Vázquez Montalbán, Aurora de Albornoz, Josep María Castellet, Pere Quart y los poetas vivos de la Generación del 27.

En este sentido, también se recogen en estas notas las adhesiones de instituciones al homenaje, así como la cesión de locales que diversos organismos, salas de exposiciones y librerías particulares se sumaron a aquel acontecimiento histórico y cultural de 1976.

«El compromiso, voluntad, respeto y ganas por recordar a Miguel Hernández lo seguimos teniendo, con esta exposición o la convocatoria de premios literarios, que seguiremos apoyando para trabajar en su difusión», apuntó Marta Alonso Rodríguez, directora general de Cultura de la Generalitat, quien destacó el objetivo informativo y educacional de la muestra.

«Un poeta necesario: Exposición bibliográfica sobre Miguel Hernández» incorpora el acta de matrimonio del poeta con Josefina Manresa, cedida para la ocasión por el ministerio del Interior, y el expediente procesal de finales de 1939 de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias, debido a que los archivos históricos provinciales custodian por ley la documentación de la Administración Periférica del Estado.

Respecto al fondo bibliográfico, se exhiben las primeras colaboraciones del poeta en revistas oriolanas, así como su participación en actos culturales (homenajes al alicantino Gabriel Miró en 1932, y a Ramón Sijé en 1936), así como algunas de sus obras iniciales (Perito en lunas).

La exposición, a través del fondo documental, también se hace eco de cómo, tras la Guerra Civil, van apareciendo los primeros poemas de Miguel Hernández (sin carga política, claro está) en revistas minoritarias de Alicante, Orihuela, Elche, Valladolid, Melilla, Madrid… dirigidas por amigos y admiradores que comunican las noticias (con el alicantino Vicente Ramos, Manuel Molina, Jacinto López o Miguel Fernández, entre otros…).

En 1952, Arturo del Hoyo se atreve con un primer intento de obra recogida del poeta de Orihuela que arrastró una fuerte polémica por los escritores más cercanos a la dictadura franquista.

En 1960, la editorial Losada, de Buenos Aires, lanza al mercado editorial las obras completas de Miguel Hernández, al cuidado del paraguayo Elvio Romero, que se expandieron notablemente en países como Argentina, México y Cuba, donde estaban instalados un gran número de exiliados republicanos.

Con los años 70 del pasado siglo, la presencia de Miguel Hernández se multiplica en España, entre libros y el calor cultural de las universidades, cantautores y una sociedad que reclamaba libertad con sus versos.

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Elena Merino: Dolor, sangre y muerte
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Elena Merino: Dolor, sangre y muerte

La escritora alicantina Elena Merino junto a Salvador Larroca, dibujante valenciano de Marvel, publican En la piel del asesino. 30 confesiones de criminales muy reales

Publicado en Información el 28 de diciembre del 2014

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EBATHORYFLa escritora y periodista alicantina Elena Merino, experta en criminología, junto a Salvador Larroca, ilustrador valenciano de Marvel, premio Eisner (los Óscar del cómic, y encargado ahora de la nueva línea de dibujos de Star Wars), han publicado En la piel del asesino. 30 confesiones de criminales muy reales.

Un libro que recrea algunos de los sucesos más terribles de los últimos tiempos y que, además, nace con la pretensión de separar la realidad y ficción (derivada de las leyendas y el morbo) que han acompañado a muchos de estos relatos.

«Todo surge cuando empezamos a trabajar una serie de monólogos y guiones sobre casos reales de asesinatos para el podcast Elena en el país de los horrores. A través de un amplio proceso de documentación, contrastando también datos, hemos reconstruido lo que ocurrió pero también queríamos, por otro lado, ver cuánto de leyenda se había alimentado la historia, porque hay anécdotas que nunca tuvieron lugar», señala Merino, quien agrega que para el libro «no se ha seguido ningún criterio concreto, aunque muchos de estos casos son conocidos».

En la piel del asesino. 30 confesiones de criminales muy reales se adentra en la obsesión y paranoia de determinados criminales que han alcanzado la fama por la brutalidad de sus asesinatos, como Álvaro Bustos, que clavó a su padre una estaca en el corazón porque creía que era el diablo; o Albert Fish, el «hombre gris», quien reconoció haber abusado sexualmente de al menos 100 niños, siendo autor confeso de tres asesinatos; o Enriqueta Martí i Ripollés, «la vampira de Barcelona», asesina en serie, secuestradora y proxeneta de niños; o Jeffrey Dahmer, que guardaba en casa, a modo de un altar, los cráneos y genitales de sus víctimas, antiguos amantes a los que asesinaba y descuartizaba.

Dos casos: La «condesa sangrienta» y el «ángel de Auschwitz»

El libro reconstruye casos espeluznantes como el de Erszébet Báthory, «la condesa sangrienta», que pasó a la historia no por ser una de las nobles más poderosas de la Hungría del siglo XVII, sino por haber asesinado a más de 600 vírgenes para bañarse en su sangre. La obra también alude a Irma Grese, el «ángel de Auschwitz», conocida por su comportamiento sádico y perverso en la Alemania nazi.

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