Joaquim Gonzàlez Caturla: el arte de la conversación
Nov24

Joaquim Gonzàlez Caturla: el arte de la conversación

La filóloga alicantina Laura Soler trabaja en un libro sobre el escritor alicantino, referente de la literatura en valenciano.  La obra, que será publicada por la UA, se basa en una entrevista recuperando el género del testimonio oral. FOTO: DIEGO FOTÓGRAFOS

Publicado el 23 de noviembre del 2014

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Han transcurrido casi 30 años de Rondalles de l’Alacantí, la obra de referencia del escritor alicantino Joaquim Gonzàlez Caturla, y el libro no solo se lee con la misma frescura de antaño, sino que hoy continúa alimentando la imaginación y sueños de buena parte de los estudiantes de esta provincia.

Lo cierto es que Gonzàlez Caturla es un escritor que, pese a no codearse en los círculos académicos y la universidad, su obra ha ganado altura con el tiempo. De hecho, sus libros vienen a ocupar un espacio esencial en la literatura en valenciano de esta provincia y, sobre todo, de la ciudad de Alicante.

En cualquier caso, la Universidad de Alicante lleva meditando desde hace unos meses la posibilidad de realizar un homenaje a Joaquim Gonzàlez Caturla, en una iniciativa motivada por el profesor Joan Borja, y que parece llegar ahora a buen puerto con una línea de publicaciones recién inaugurada.

Todo se remonta cuando, unos años atrás, la filóloga alicantina Laura Soler trabaja una extensa entrevista con el periodista y escritor Bernat Capó que, por distintas circunstancias, se transforma en un libro. Una obra que viene a rescatar el género del testimonio oral, el arte de la conversación, que alcanza y transmite lo que ni mucho menos puede la narrativa.

«Se trataba de plasmar todo el testimonio vital de la propia literatura popular, que a través de la narrativa en muchos casos se pierde, porque no hay otra forma de reflejar esa cotidianidad de un sociedad y un momento únicos», afirma Soler.

El proyecto, que vio la luz el pasado año y con gran éxito, culminó así el doble objetivo marcado: el merecido y justificado homenaje y, por otro, la difusión de un valor cultural por medio del testimonio oral de una firma distinguida de esta provincia como Bernat Capó.

Por todo ello, la idea se reemprende ahora con el enriquecedor diálogo y legado que puede deparar una conversación con Joaquim Gonzàlez Caturla, en un libro que publicará la Universidad de Alicante y que veremos a lo largo del 2015.

«Es una referencia en la ciudad de Alicante, que ha trabajado la proximidad con la ciudad, del testimonio de la ciudad vivida en valenciano y de la literatura popular», señala Laura Soler, quien agrega: «Gonzàlez Caturla trata el lenguaje con una gran riqueza, y con ese lenguaje exquisito nos acerca a su obra y nos atrapa. Tenemos interés en reconocer a un autor que ha sido capaz de aunar el valenciano y la tradición en una ciudad que, como Alicante, parece que no existe».

El proyecto, sobre el arte de la conversación y el género del testimonio oral, continuará con otros autores y en manos de futuros investigadores, siempre bajo un mismo lema: «Menos placas de homenaje y más sustancia. Porque la placa se queda en un rincón, pero el libro deja el testimonio de una persona, de un país, de una geografía y una coordenada de los tiempos», reflexiona Joan Borja, de la Universidad de Alicante.

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Azorín y Elia Barceló, la mejor ciencia ficción
Oct27

Azorín y Elia Barceló, la mejor ciencia ficción

Los críticos y expertos Julián Díez y Fernando Ángel Moreno incluyen a los escritores alicantinos Elia Barceló y Azorín en una historia y antología de los autores españoles más representativos sobre el género fantástico

Publicado en Información el 27 de octubre del 2014

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En contra de lo que podamos pensar, la ciencia ficción es un género narrativo muy antiguo. De hecho, parte de la crítica contemporánea lo remonta al principio de los tiempos, porque fue el primero en reflejar un nuevo mundo.

El término de ciencia ficción, tal y como lo conocemos hoy, fue acuñado por Hugo Gernsback, en 1920. Este emigrante de origen luxemburgués, director de la primera publicación estadounidense especializada en el género, Amazing Stories, lo hizo bajo unos parámetros exclusivamente comerciales, que nada tienen que ver por cuánto y cómo ha evolucionado.

Así, la ciencia ficción es uno de los géneros más influyentes en la cultura del siglo XX y lo que llevamos del XXI, casi imposible de definir con precisión y encasillar debido a sus docenas de variantes: relatos con mutantes; postapocalípticos; anacrónicos (un western con pistolas de rayos láser, pongamos como ejemplo); visionarios (1984, de George Orwell); futuristas (Un mundo feliz, de Aldous Huxley) o hasta imaginativos pero que acontecen en un reciente espacio temporal (Parque Jurásico, de Michael Crichton).

La lista podría ampliarse y completar cientos de páginas, aunque los críticos y expertos Julián Díez y Fernando Ángel Moreno abogan por una postura y teoría común: un relato de ciencia ficción muestra uno o varios elementos que se escapan a nuestra realidad, y siendo imposibles en el mundo real, los aceptamos con verosimilitud científica en el escenario de la obra.

Eso viene a decirnos estos profesores solo en una pequeña porción de su extenso ensayo introductorio en la obra Historia y antología de la ciencia ficción española (Cátedra), de reciente publicación, y que ha seleccionado a los escritores alicantinos Azorín y Elia Barceló como algunos de los autores más representativos del género fantástico en España.

Quizás, del periodista y articulista monovero, la sorpresa es mayor aún si cabe. Referente y creador de la Generación del 98, paisajista, maestro del estilo y la prosa lacónica y sencilla, Azorín fue un escritor inquieto que, en sus experimentos, se acercó en muchas ocasiones a desarrollos propios de la literatura fantástica. Además, los críticos Julián Díez y Fernando Ángel Moreno destacan ensoñaciones de Martínez Ruiz en obras a priori tan realistas como Castilla (1912), con relatos ucrónicos como «Las nubes» en su aproximación a La Celestina.

«El fin del mundo» (1901) es el artículo elegido para la ocasión, una viñeta crepuscular, con evidentes influencias de Shopenhauer y Nietzsche, reflejo de la angustia interior que sufría el escritor por aquel tiempo.

«La especie humana perecía. Miles de siglos antes de que extinto el Sol, congelado el planeta, fuese la Tierra inhabitable, ya el hombre, nostálgico de reposo perenne en este perenne flujo y reflujo de la substancia universal, había acabado. La Tierra estaba desierta. Los hombres eran muertos. Poco a poco los mató el hastío de las bienandanzas que la ciencia, la industria y el arte realizaron al trocar en realidad presente el ensueño de pensadores prehistóricos», escribe Martínez Ruiz.

La escritora eldense Elia Barceló es la otra «gran» autora. Y el entrecomillado no es casual, ya que pese a su impecable trayectoria y el éxito de sus relatos, su reconocimiento sigue siendo escaso en España. Barceló vive en Innsbruck (Austria) y su trabajo se publica regularmente en alemán. El cuento adjunto en la antología es «Mil euros por tu vida» (2008), de lectura fugaz y cuya historia y mensaje entra por intravenosa.

Curiosamente editado en España por medio de una colección juvenil, Futuros peligrosos, el relato (que es más bien de corte adulto) fue adaptado al cine en el 2010 por Damir Lukacevic con el título de Transfer, y ganó numerosos premios en distintos festivales.

«Mil euros por tu vida» es, según los expertos Julián Díez y Fernando Ángel Moreno, una muestra de las preocupaciones de la autora de Elda por temas sociales y, por así decirlo, «prospectivos».

«Los denominadores comunes de su producción, eso sí, están en la sensibilidad sin sensiblerías y la vocación de estilo aupada por su dominio del lenguaje», explican.

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El crowdfunding, herido de muerte en la provincia de Alicante
Ago01

El crowdfunding, herido de muerte en la provincia de Alicante

El Gobierno limita el conocido sistema de financiación por Internet que ha impulsado, pese a la crisis, miles de proyectos culturales (muchos de ellos de la provincia de Alicante). Con el micromecenazgo, se han rodado películas e incluso publicado discos y libros

Publicado en Información el 9 de marzo del 2014

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Las nuevas tecnologías vuelven a estar un paso por delante de los políticos, y tanto es así que el Gobierno se ha apresurado a reformar un sistema de financiación revolucionario en Internet que ha impulsado miles de proyectos culturales en los últimos años, cuando la crisis azotaba con especial virulencia en España.

El «crowdfunding» o micromecenazgo, que así se llama el invento, es un medio con el que el usuario puede dar con la recaudación económica necesaria para su idea y trabajo, de carácter cultural, social o el que sea, tras la aportación de distintos inversores interesados (pueden ser miles) que reciben una pequeña recompensa a cambio (ya sea, por ejemplo, la presentación al estreno de una película; o un ejemplar del libro en el que han colaborado con su dinero). Un método que, a simple vista, resulta fácil y sencillo, sin papeleo ni burocracia de ningún tipo, en el que cualquier empresa u emprendedor podían registrarse y llevarlo a cabo en las múltiples plataformas que ya operan con este sistema en España (vaya como ejemplo Lánzanos o Venkami).

De hecho, el panorama cultural de los últimos años ha logrado sobreponerse a los recortes y los tijeretazos presupuestarios en materia original y creativa gracias en buena medida al «crowdfunding», que ha movido por cierto cifras impresionantes, ya que solo en el 2013 fueron cerca de 750 millones de euros anuales en Europa, según Infocrowdsourcing. Además, en este mismo portal, se informa que en todo el mundo se alcanzó el importe de 2.700 millones de dólares, y de ellos, 13 millones de dólares, casi 10 millones de euros, fueron destinados a proyectos radicados en España.

Así pues, el «crowdfunding» tal y como lo conocíamos hasta hoy, está herido de muerte ante las limitaciones que ultima el Gobierno en su anteproyecto de ley y que inciden principalmente en los siguientes puntos: el primero, el papeleo y burocracia que exigen a plataformas y usuarios, que extinguen de un plumazo la libertad del micromecenazgo; y segundo, control del dinero por medio de una tasa máxima de 3.000 euros por inversor, y 6.000 por plataforma al año (lo que reduce y, mucho, el margen de maniobra).

¿Y qué hay y qué dicen los verdaderos protagonistas del «crowdfunding», que han visto cumplidos sus sueños por medio de este sistema de micromecenazgo? La mayoría de voces consultadas se muestran muy discrepantes con las medidas anunciadas por el Gobierno, especialmente porque «frenan» el emprendurismo cultural. Versión que comparte el equipo de El Cosmonauta (con la alicantina Carola Rodríguez, entre ellos), verdadero referente del «crowdfunding» en España, y que alcanzó una recaudación récord de 400.000 euros involucrando a más de 5.000 personas.

Cifras, todo sea dicho, excepcionales en un sistema que también ha contribuido y ayudado a otros muchos proyectos de la provincia, como el de Operaciones Espesiales, del ilicitano Paco Soto, y que llegó a cerca de 60.000 euros. «Para nosotros fue una experiencia totalmente positiva, aunque sí es cierto que estas limitaciones las veo como una traba más», asegura Soto, quien agrega: «Espero que el Gobierno no llegue a buen puerto con ello, aunque me da la sensación que esto lo hacen para regular el dinero. Y el dinero hay que regularlo, por supuesto, pero no con todas estas limitaciones que nos van a poner en el “crowdfunding”».

El cineasta afincado en Alicante, Maxi Velloso, que coordinó la película El amor y otras desgracias, con financiación también vía «crowdfunding», va un poco más allá y señala «ahora lo han complicado todo al pedir un aval a las plataformas de hasta 50.000 euros, además de otras cosas que no solo va en detrimento de la plataforma, sino de los mismos inversores». Y reflexiona: «Esto va a originar nuevas formas de “crowdfunding”, como que todo se opere desde un grupo privado y secreto de Facebook, donde la gente se va sumando y acepta o no invertir dinero», y añade que, desde ahora, «lo que haremos es irnos a otras plataformas de Argentina, Francia, Inglaterra o donde sea, pero no en España». Velloso, que está en fase de postproducción de su nueva película, en cooperación con otros cineastas, titulada Los muertos también bailan, cree que el Gobierno no puede meterse en el «terreno privado» del micromecenazgo. «Es como si alquilo mi casa y viene el Gobierno a decirme porqué la alquilo. Es un despropósito», sentencia.

El alicantino Fernando Corta, director de Princesa rota, que arrancó como una web-serie que se alimentó también del «crowdfunding», no entiende cómo el Gobierno presenta restricciones y «cierra el grifo» al micromecenazgo sin presentar otras alternativas. Por ese motivo, pide celeridad para la Ley del Mecenazgo, con la que las empresas puedan invertir en cine, en cultura, a cambio de importantes rebajas fiscales.

En este sentido, J. T. Prewitt, de la banda alicantina Oh Libia! (con dos discos en el mercado también por «crowdfunding», y fichados por Ken Stringfellow -teclista de REM e icono del rock alternativo-), apunta que el sistema «debe estar sin duda legislado porque de alguna manera se tiene que proteger a todas las partes. A partir de ahí, me parece que a los políticos en este asunto les pasa como con el de la Ley de Propiedad Intelectual, que van muy por detrás de la realidad. Además, es algo que no va a afectar a los proyectos pequeños, centrándose en los grandes y, en todo caso, las plataformas. Más allá de eso, creo que lo que de verdad hace falta es apoyar a los emprendedores y poner menos obstáculos a aquellos que intentan salir adelante y sacar a flote ideas y proyectos, ya sean autónomos o pequeñas empresas, porque es escandalosa la diferencia en esto con respecto a países de la propia Unión Europea».

Finalmente, la alicantina Carmen Juan Romero, coautora del poemario [Po-co], con Anna Roig, y que vio la luz por el micromecenazgo, opina que las limitaciones impuestas por el Gobierno son «ridículas». «Gran parte de los proyectos que conocemos hasta ahora los superan por mucho, y son buenos proyectos, muy interesantes y que han salido adelante. Todos sabemos que con 3000 euros no se puede llegar muy lejos. Esta decisión por parte del Gobierno no sólo limita, sino que hace que muchas propuestas de nuevos artistas o emprendedores sean sencillamente impensables», y creen que estas medidas llegan porque el Gobierno «no estaba obteniendo beneficios de este método de financiación». «El porcentaje que reciben los bancos es pequeño, y en algunos casos los proyectos están exentos de impuestos. Se han dado cuenta de que se está produciendo sin pasar por su aro y han decidido tomar medidas. También hemos de recordar la minúscula importancia que da este Gobierno a la cultura. No les conviene que podamos crear ignorando las barreras impuestas», concluyen.

RESTRICCIONES: MUCHO PAPELEO, Y POCO DINERO

El borrador del anteproyecto que está sobre la mesa del Gobierno establece que el importe máximo de captación de fondos por cada proyecto de financiación participativa no podrá ser superior a 1 millón de euros. Además, las nuevas plataformas deberán tener un capital social igual o superior a 50.000 euros o, en su defecto, disponer de un seguro de responsabilidad civil con una cobertura anual de 150.000 euros anuales. Las plataformas de financiación participativa deberán registrarse en la CNMV y en el Banco de España. Las plataformas de financiación participativa serán responsables frente a los inversores por la información remitida por los promotores y publicada en la página web. El ministerio de Economía establece límites a las aportaciones de los proyectos de manera que ningún inversor pueda invertir más de 3.000 euros en el mismo programa o más de 6.000 euros en varios programas a lo largo de un periodo de 12 meses. La ley de Financiación fija también un régimen de sanciones por incumplimiento de las obligaciones, con multas que oscilan desde un mínimo de 25.000 euros hasta un máximo de 200.000 euros.

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El verdugo de Miguel Hernández
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El verdugo de Miguel Hernández

Manuel Martínez Gargallo, el juez que condenó a muerte al poeta de Orihuela en 1939, fue un conocido articulista de humor junto a otras firmas de la Generación del 27 como Edgar Neville, según la reciente investigación del profesor Juan A. Ríos Carratalá , de la Universidad de Alicante

Publicado en Información el 11 de mayo del 2014

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El juez que condenó a muerte a Miguel Hernández, a finales de 1939, en un proceso sin garantías judiciales de ningún tipo, al término de la Guerra Civil, se llama Manuel Martínez Gargallo y fue un activo y conocido articulista de humor junto a otras firmas distinguidas de la Generación del 27 como Enrique Jardiel Poncela y Edgar Neville.

Aunque pueda parecer lo contrario, y pese a las montañas de papel que podrían acumular a día de hoy las investigaciones sobre Miguel Hernández, apenas se conocen datos de Manuel Martínez Gargallo, el verdugo del poeta de Orihuela y de otros tantos escritores, periodistas e intelectuales leales a la República desde que éste se pusiera al frente del tribunal especial de Prensa en la dictadura franquista.

«El pasado del juez instructor no varía la valoración del proceso contra Miguel Hernández, pero su desconocimiento prueba la frecuente falta de curiosidad para conocer los verdugos de la judicatura o la milicia cuando nos ocupamos de las víctimas», señala Juan A. Ríos Carratalá, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Alicante (UA), y autor de esta reciente investigación sobre el juez Martínez Gargallo que da luz a su perfil biográfico como escritor de éxito en relatos humorísticos.

«Los pormenores del proceso de Miguel Hernández se conocen y se repiten con el rigor previsible cuando se trata de un autor de prestigio que cuenta con una amplia bibliografía. Las posibilidades de añadir una información relevante son escasas, pero –según me cuentan mis colegas hernandianos de la Universidad de Alicante- nadie ha manifestado especial interés por perfilar la silueta de quien procesara al oriolano con tan trágicas consecuencias. De ahí que se ignore, hasta ahora, el pasado de Manuel Martínez Gargallo como “fino humorista” en la línea de Jardiel Poncela y otros representantes del espíritu innovador que exaltaba la juventud y la modernidad», agrega Ríos Carratalá, quien tiene previsto publicar la primera parte de esta historia en la revista de la Universidad de Temple, en Estados Unidos, aunque tiene suficientes datos como para completarla y añadirla en un futuro libro.

¿Y quién fue Manuel Martínez Gargallo? Sus compañeros de la Generación del 27 le definían como un autor de talento, con grandes dotes de imaginación e ingenio, que se movía entre relatos con hipopótamos parlanchines o viajeros que perdían su bazo en el trayecto del autobús. Cuentos y escritos que, en definitiva, provocaban las risas de los lectores de Buen Humor y, para él, funcionaban como un bálsamo ante la dureza de las oposiciones a juez. Su presencia junto a los humoristas del 27 se justifica también por sus colaboraciones en otras publicaciones como Cosmópolis, Ondas, Gutiérrez, Blanco y Negro, ABC, Cinegramas

Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense, fue un habitual de las publicaciones humorísticas hasta que en marzo de 1931, poco antes de la proclamación de la II República, obtuvo la plaza de juez en Murias de Paredes, un pequeño pueblo de León que por entonces no alcanzaba ni los 3.000 habitantes. Es más, por temor a ser reconocido en las revistas de humor, y su carrera judicial se pudiera ver afectada, muchos de sus cuentos los firmó como Manuel Lázaro.

Al poco de ejercer como magistrado en la II República, fue trasladado de la pequeña localidad de Murias de Paredes al juzgado de Ávila, lo que puede considerarse como un ascenso, donde continuó trabajando con normalidad hasta que el alzamiento militar y la brutalidad de la Guerra Civil precipita los acontecimientos: Manuel Martínez Gargallo viaja entonces a Madrid, huye por la sierra y se une así al bando nacional, hasta que al término de la misma es nombrado juez instructor para los casos seguidos contra los periodistas, dibujantes y escritores que se manifestaron a favor de la II República.

Martínez Gargallo fue un magistrado especialmente virulento y opresor, que no solo se prueba por la causa de Miguel Hernández, sino por otros casos como cuando procesó a uno de los dibujantes de sus cuentos, Enrique Martínez Echevarría; o cuando fue capaz de transformar una pena inicial de 12 años al periodista Diego San José por otra de condena a muerte.

«Convendría reflexionar acerca de por qué los historiadores dejamos en el anonimato de lo burocrático los nombres de quienes procesaron a Miguel Hernández y otros muchos escritores. Conocemos sus firmas y rango gracias a los documentos, pero nos cuesta preguntarnos por su perfil que, en casos como el presente, produce cierta inquietud una vez superada la sorpresa», se plantea Ríos Carratalá en su investigación.

Tras su destacada actuación en los consejos de guerra, el juez Martínez Gargallo fue un asiduo de las tertulias madrileñas como la del café Gijón (allí se cruzaría con algún condenad0, cuando el miedo aún reinaba) y ocupó otros cargos como el de fiscal de tasas en Mallorca o magistrado en Gerona, hasta su jubilación en 1974. Por aquel tiempo, quizás, el viejo juez pudo escuchar los versos de Miguel Hernández, los primeros atisbos por rescatar su memoria… pero se mantuvo en silencio, porque tampoco nadie fue a pedirle explicaciones.

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Azorín, y la inspiración libresca
Ago01

Azorín, y la inspiración libresca

Una nueva antología azoriniana, con prólogo de Andrés Trapiello e introducción del historiador valenciano Francisco Fuster,  incluye 50 artículos periodísticos sobre su amor a los libros y su afición a la lectura. El periodista y escritor alicantino fue el mayor crítico literario de su tiempo

Publicado en Información el 14 de febrero del 2014

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Azorín fue siempre un apasionado por los libros heteróclitos; por los de gran y pequeño formato; por las bibliotecas y las librerías de lance; y quien se acerque a su obra, primera o última, se percatará de la inspiración libresca, levadura y verdadera materia de los miles de artículos de su producción periodística.

Azorín escudriñaba, rastreaba y tomaba constantes notas en sus lecturas, y no tenía ningún inconveniente en acudir a la fuente original con tal de andar siempre bien documentado. De hecho, cuando el padre de Ortega y Gasset le encargó la serie de reportajes sobre La ruta de Don Quijote, en 1905, para el diario El Imparcial, José Martínez Ruiz cita en varias ocasiones las Relaciones topográficas de los pueblos españoles, un estudio comisionado por Felipe II en 1575. Nada fuera de lo común si no fuera porque, por entonces, las Relaciones topográficas estaban inéditas y solo se hallaban disponibles (el manuscrito original, de ocho tomos) en la Biblioteca de El Escorial y una copia en la Academia de la Historia.

«Escribir y leer son cosas terribles. Y mucho más pensar», nos dice en su libro de memorias Madrid. Azorín fue también quien rescató y nos redescubrió a los clásicos, permitiéndonos reconocer como algo próximo al Mío Cid y Berceo; Garcilaso y Larra; Rivas o Castelar. Porque, como afirma el profesor Miguel Ángel Lozano, de la Universidad de Alicante, «desde su primer texto de entidad, La crítica literaria en España (conferencia pronunciada en el Ateneo Literario de Valencia en 1893), hasta su último libro, Ejercicios del castellano (1960), la vocación sobresaliente de Martínez Ruiz es la de crítico, entendida esta figura con una altura y dimensión que faltaba en España».

Andrés Trapiello, referente de nuestra literatura actual, agrega: «No ha habido en todo el siglo XX un crítico tan fino como él, si entendemos por crítico aquel que va prendiendo en los lectores la curiosidad y el entusiasmo».
De todo esto, y mucho más, viene a reflexionar la obra de reciente publicación, Libros, buquinistas y bibliotecas. Crónicas de un transeúnte: Madrid-París (Editorial Fórcola), que con prólogo de Andrés Trapiello, y edición a cargo del historiador valenciano Francisco Fuster, registra 50 pequeños ensayos de Azorín sobre su amor a los libros y su afición a la lectura.

Una pasión, decíamos, que surge en el escritor y periodista de Monóvar a una temprana edad, ante el espejo de su padre, lector voraz y abogado; su formación en el internado de los Escolapios en Yecla; sus estudios de Derecho en Valencia (donde era un mediocre estudiante, hasta el extremo que no llegó a finalizar la carrera) aunque sus artículos en la prensa valenciana, como los de El Mercantil Valenciano, despertaban la admiración del profesorado; y su posterior salto a Madrid, en la capital, donde encuentra serias dificultades para hacerse con un hueco en la prensa.

Adversidades, también económicas, que no lograron alejar a Azorín de sus anhelados libros, tal y como refleja el historiador Francisco Fuster en su excelente introducción a la nueva antología azoriniana: «Como recordó en varios pasajes de sus libros memorialísticos, los primeros pasos en el oficio fueron bastante duros, pues a la dificultad -o más bien, la imposibilidad- de conseguir que los periódicos pagaran sus colaboraciones, se añadía la de tener que administrar los escasos ingresos con los que contaba. Así lo explica en dos entradas de ese diario ficticio en las que confiesa cómo, en los que tuvo que renunciar a casi todo, no se pudo privar de la compañía de un libro».

Escribe Azorín a finales del XIX, recién llegado a Madrid: «12 de marzo. Como allí (en los periódicos) no me dan nada, y además, lo poco que, a fuerza de mil penalidades, me manda mi pobre madre he tenido que gastarlo casi todo en pagar este cuartejo que habito y en comprarme alguna ropa… no me quedan más de quince pesetas para mantenerme durante treinta días. Por lo pronto, lo que voy a hacer es no gastarme un céntimo en nada… ni periódicos, ni revistas, ni libros. Ya sé que esto me será un poco difícil, porque yo soy capaz de quedarme sin comer por comprar un volumen nuevo, pero quitaré la ocasión, es decir, no pasaré por las librerías ni llevaré cuantioso caudal en el bolsillo».

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