Azorín, y la inspiración libresca
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Azorín, y la inspiración libresca

Una nueva antología azoriniana, con prólogo de Andrés Trapiello e introducción del historiador valenciano Francisco Fuster,  incluye 50 artículos periodísticos sobre su amor a los libros y su afición a la lectura. El periodista y escritor alicantino fue el mayor crítico literario de su tiempo

Publicado en Información el 14 de febrero del 2014

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Azorín fue siempre un apasionado por los libros heteróclitos; por los de gran y pequeño formato; por las bibliotecas y las librerías de lance; y quien se acerque a su obra, primera o última, se percatará de la inspiración libresca, levadura y verdadera materia de los miles de artículos de su producción periodística.

Azorín escudriñaba, rastreaba y tomaba constantes notas en sus lecturas, y no tenía ningún inconveniente en acudir a la fuente original con tal de andar siempre bien documentado. De hecho, cuando el padre de Ortega y Gasset le encargó la serie de reportajes sobre La ruta de Don Quijote, en 1905, para el diario El Imparcial, José Martínez Ruiz cita en varias ocasiones las Relaciones topográficas de los pueblos españoles, un estudio comisionado por Felipe II en 1575. Nada fuera de lo común si no fuera porque, por entonces, las Relaciones topográficas estaban inéditas y solo se hallaban disponibles (el manuscrito original, de ocho tomos) en la Biblioteca de El Escorial y una copia en la Academia de la Historia.

«Escribir y leer son cosas terribles. Y mucho más pensar», nos dice en su libro de memorias Madrid. Azorín fue también quien rescató y nos redescubrió a los clásicos, permitiéndonos reconocer como algo próximo al Mío Cid y Berceo; Garcilaso y Larra; Rivas o Castelar. Porque, como afirma el profesor Miguel Ángel Lozano, de la Universidad de Alicante, «desde su primer texto de entidad, La crítica literaria en España (conferencia pronunciada en el Ateneo Literario de Valencia en 1893), hasta su último libro, Ejercicios del castellano (1960), la vocación sobresaliente de Martínez Ruiz es la de crítico, entendida esta figura con una altura y dimensión que faltaba en España».

Andrés Trapiello, referente de nuestra literatura actual, agrega: «No ha habido en todo el siglo XX un crítico tan fino como él, si entendemos por crítico aquel que va prendiendo en los lectores la curiosidad y el entusiasmo».
De todo esto, y mucho más, viene a reflexionar la obra de reciente publicación, Libros, buquinistas y bibliotecas. Crónicas de un transeúnte: Madrid-París (Editorial Fórcola), que con prólogo de Andrés Trapiello, y edición a cargo del historiador valenciano Francisco Fuster, registra 50 pequeños ensayos de Azorín sobre su amor a los libros y su afición a la lectura.

Una pasión, decíamos, que surge en el escritor y periodista de Monóvar a una temprana edad, ante el espejo de su padre, lector voraz y abogado; su formación en el internado de los Escolapios en Yecla; sus estudios de Derecho en Valencia (donde era un mediocre estudiante, hasta el extremo que no llegó a finalizar la carrera) aunque sus artículos en la prensa valenciana, como los de El Mercantil Valenciano, despertaban la admiración del profesorado; y su posterior salto a Madrid, en la capital, donde encuentra serias dificultades para hacerse con un hueco en la prensa.

Adversidades, también económicas, que no lograron alejar a Azorín de sus anhelados libros, tal y como refleja el historiador Francisco Fuster en su excelente introducción a la nueva antología azoriniana: «Como recordó en varios pasajes de sus libros memorialísticos, los primeros pasos en el oficio fueron bastante duros, pues a la dificultad -o más bien, la imposibilidad- de conseguir que los periódicos pagaran sus colaboraciones, se añadía la de tener que administrar los escasos ingresos con los que contaba. Así lo explica en dos entradas de ese diario ficticio en las que confiesa cómo, en los que tuvo que renunciar a casi todo, no se pudo privar de la compañía de un libro».

Escribe Azorín a finales del XIX, recién llegado a Madrid: «12 de marzo. Como allí (en los periódicos) no me dan nada, y además, lo poco que, a fuerza de mil penalidades, me manda mi pobre madre he tenido que gastarlo casi todo en pagar este cuartejo que habito y en comprarme alguna ropa… no me quedan más de quince pesetas para mantenerme durante treinta días. Por lo pronto, lo que voy a hacer es no gastarme un céntimo en nada… ni periódicos, ni revistas, ni libros. Ya sé que esto me será un poco difícil, porque yo soy capaz de quedarme sin comer por comprar un volumen nuevo, pero quitaré la ocasión, es decir, no pasaré por las librerías ni llevaré cuantioso caudal en el bolsillo».

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¿Y por qué Azorín no tuvo hijos?
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¿Y por qué Azorín no tuvo hijos?

Artículo publicado en Información de Alicante, el viernes 8 de octubre del 2010, tras concederse el Premio Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa. 

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FOTO: Mario Vargas Llosa ojea algunos libros de la biblioteca de Azorín en Monóvar, en su Casa-Museo de la Fundación Caja Mediterráneo.

 

Mario Vargas Llosa visitó por primera vez la Casa Museo Azorín de la CAM en Monóvar en el verano de 1993. Eran por entonces días de mucho calor, motivo por el que incluso se le invitó al escritor peruano a posponer en meses venideros aquella cita cuando llamó su biógrafo. Pero fue en ese instante cuando el autor de Conversación en la catedral tomó el teléfono y dijo: “Hola, soy Mario Vargas Llosa. ¿Cuándo podría conocer la casa y biblioteca de Azorín?”. “Cuando usted quiera”. “Pues mañana”. Y así fue.

Vargas Llosa pasó algo más de cuatro horas recorriendo el hogar de José Martínez Ruiz, y parecía no fatigarse nunca, según relatan las personas que le acompañaron. Era como un niño rodeado de caramelos, sólo que éste no cesaba de preguntar: religión, manías, pautas de trabajo, vida familiar, la vieja máquina de escribir, sus epístolas con otros escritores, sus cuadros… Quizás el momento más íntimo fue cuando le entregaron la llave que abre la biblioteca azoriniana que contiene miles de volúmenes del maestro de Monóvar. Libros de un valor incalculable, no ya por su antigüedad, sino por las entrañables dedicatorias que amigos como Ortega y Gasset, Pío Baroja, Valle-Inclán o Gómez de la Serna sellaron en sus páginas.

A Vargas Llosa se le veía especialmente emocionado, y conforme aumentaba su sed de conocimientos, acortaba los silencios protocolarios entre pregunta formulada y respuesta recibida. Resultó muy difícil despegarle de la casa, de los libros y de las dudas que se le amontonaban cuando llegó la hora de la comida. Fue entonces cuando la mujer de Mario Vargas Llosa desveló, pegada al oído del director del museo, uno de los secretos más apreciados por todo escritor: “Que sepa usted, don José, que Mario siempre guarda un libro de Azorín en su mesilla de noche”.

Sin embargo, la mayor sorpresa no estalló hasta que Vargas Llosa, con un tono de voz pausado, como requiriendo intimidad, soltó una de las cuestiones que más le preocupaban desde que pisó Monóvar: “¿Y por qué Azorín no tuvo hijos?”, preguntó en alto.

Según reconoció, Vargas Llosa andaba por esos días obsesionado por la sexualidad en Azorín y Borges, una temática que consideraba necesaria para conocer la vida de un escritor. Sea como fuere, lo cierto es que el sexo es un asunto muy recurrente en las novelas de Vargas Llosa. Obras como El paraíso en la otra esquina o Travesuras de la niña mala ahondan precisamente en esta cuestión. Pero aún hay más, porque el escritor peruano tuvo un extraño matrimonio al casarse con una prima hermana suya.

“Afuera de la maciza casa de piedra con balcones y cancela de hierro, a la que se asocian más de treinta años de vida de Azorín, arde un sol de espanto que amenaza con incendiar el pueblo levantino y abrasar los limoneros y las barras de contorno y convertirnos en llamas a sus visitantes. Mis acompañantes sudan la gota gorda y están a punto de desplomarse, deshidratados y exhaustos. Pero José Payá Bernabé sigue, incansable, mostrando repisas y sillones, explicando cuadros, desvelando antiguallas, glosando cartas, señalando bastones y chisteras y yo, fiel y próximo como su sombra, no pierdo sílaba de lo que dice”, escribió Vargas Llosa tras su visita en el periódico El País y La República de Roma.

Con todos los misterios que encerró su visita a la Casa Museo Azorín de la CAM en Monóvar, en 1996 todos ellos se destaparon cuando se descubrió que su discurso de ingreso a la Real Academia Española se lo dedicó al autor de La Voluntad con palabras como estas: “La Ruta de don Quijote, de Azorín, es uno de los más hechiceros libros que he leído. Aunque hubiera sido el único que escribió, él sólo bastaría para hacer de Azorín uno de los más elegantes artesanos de nuestra lengua“.

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Curso “Redescubriendo Azorín”, en Monóvar
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Curso “Redescubriendo Azorín”, en Monóvar

El pasado mes de junio, la Casa-Museo Azorín de Monóvar acogió un curso de verano de la Universidad Miguel Hernández titulado “Redescubriendo Azorín”, en el que participaron distintos ponentes para ahondar en la figura del maestro y autor de La ruta de Don Quijote

Ignacio Carrión (Premio Nadal), José Luis Ferris (Premio Azorín), Antonio Juan Sánchez (periodista de INFORMACIÓN), Miguel Ors (profesor de Periodismo de las UMH), Miguel Carvajal (profesor de Periodismo de la UMH) y quien suscribe estas letras formaron parte del ciclo de conferencias que aludió a distintas facetas periodísticas del escritor de La Voluntad.

Al final del curso, tuvo lugar una cata de vinos en las bodegas Salvador Poveda de Monóvar. Allí, cómo no, se habló del histórico caldo del fondillón.

Por otro lado, os recomiendo encarecidamente la visita del post de María José Delgado sobre este mismo curso. Y es que, más allá del texto, incluye unas imágenes tomadas por ella misma de la Casa-Museo Azorín que son puro arte. Aquí os dejo el detalle de la máquina de escribir de Azorín, que a mí particularmente es la que más me ha seducido.

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Cuando propusieron a Azorín para el premio Nobel de Literatura
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Cuando propusieron a Azorín para el premio Nobel de Literatura

Juan Ramón Jiménez solicitó por carta que el prestigioso galardón literario se le concediera al autor de La Voluntad. 

 

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El libro Juan Ramón Jiménez, 1956. Crónica de un premio Nobel, del investigador Alfonso Alegre Heitzmann, incluye una carta inédita y fechada en 1950, en la que el escritor Juan Ramón Jiménez solicitó a Azorín el premio Nobel de Literatura. Dice así:

“Dejen por ahora ese recuerdo de la revista a mis 50 años de ilusión. No se cumplirán, en todo caso, hasta diciembre. Menéndez Pidal, Azorín, Baroja, son más viejos que yo; Ortega, aunque él se quita años, tiene mi edad, como Pérez de Ayala. El premio Nobel debe pedirse para Menéndez Pidal, Ortega o Azorín”, escribe en la epístola el escritor de Moguer, que finalmente recibió este galardón el 25 de octubre de 1956. Tres días después, vivió hundido en el dolor tras el fallecimiento de su esposa Zenobia.

Según el profesor de Literatura de la Universidad Pompeu Fabra, Domingo Ródenas, “Juan Ramón Jiménez mereció, obviamente, el Nobel porque, con Rilke, Eliot, Valéry, Wallace Stevens y algunos más representa la cumbre del lirismo moderno. Pero su declaración no carece de sentido: Azorín reunía merecimientos para hacerse acreedor a un reconocimiento universal como el premio Nobel”.

El caso es que el impulsor de la Generación del 98, Azorín, jamás recibió tal distinción, aunque quizás mayor enfado le produjo la injusticia literaria que pesó para siempre sobre Gabriel Miró, al que le denegaron su ingreso en la RAE pese a la defensa e insistencia de su amigo Azorín.

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